EL PRIORATO DE SIÓN Y OTROS MITOS DE EL CÓDIGO
DA VINCI *
(Conferencia)
Fernando Arroyo
Lo primero que quisiera dejar claro de
mi exposición, es que la misma no será un análisis profundo o una crítica literaria de la novela tan de moda de El Código da Vinci. Ni de ésta, ni de ninguna
otra novela con planteamientos como son la pseudohistoria eclesiástica, el
neopaganismo, el feminismo radical y la new
age. Alguien dijo que «la ficción es la mejor forma de educar a las masas,
y disfrazada de ciencia (historia del arte y de las religiones en este caso)
engaña mejor a los lectores».
Y mi exposición no analizará o comentará la novela de El Código da
Vinci en profundidad, porque entre otras cosas no tengo pudor alguno en
reconocer que no terminé de leerla entera. Confieso que el thriller con pretensiones pseudohistóricas no es un género que
personalmente me atraiga. Puestos a elegir, prefiero un ensayo o una novela de
ficción, según desee entregarme al estudio o al relax, que híbridos tendentes a
confundir al lector, pues entiendo que no es un método saludable para la
literatura que una obra se base en mezclar verdades con mentiras, siendo además
éstas últimas claramente tendenciosas. Ya sé que en una sociedad relativista en que se nos
pretende inculcar que «tolerancia» equivale a «todo vale», cuando precisamente
son conceptos antagónicos, este pensamiento puede no resultar políticamente
correcto. Sin embargo, no es bueno el «todo vale», porque las estadísticas
demuestran que la mayor parte de los lectores, salvo que sean especialistas o
estén bien formados, no saben luego discernir la realidad de lo que es un
producto de la imaginación, la verdad de la mentira; no saben, en definitiva,
separar el grano de la paja, y al final todo cae en el mismo saco de lo creíble
y de lo posible.
Tras leer por curiosidad una buena parte de la novela, decidí renunciar
a ella cuando detecté tantas elucubraciones y errores de bulto, que el peso de
éstos terminaron centrando mi atención por encima del interés que pudiera tener
la trama. Es decir, sin entrar a enjuiciar el valor literario de la obra, que
no soy literato para hacerlo, lo cierto es que cuando una novela se formula
sobre pretenciosidades y falsedades tendenciosas, para mí pierde todo su
interés, y en lugar de entrener termina por aburrir.
Sé que muchos pensarán que esto es sacar de quicio las cosas, porque una
novela al fin y al cabo no es más que una novela, aunque haya vendido más de 30
millones de ejemplares en todo el mundo y haya sido traducida a 30 idiomas [las
cifras difieren según la fuente]. Pero claro, quienes piensen eso lo hacen
porque únicamente se fijan en lo superficial de este fenómeno propio de la
moderna cultura de masas.
Subyace de fondo un peligro en estas publicaciones, y es que hoy día, en
los momentos álgidos de su difusión, se leen más que la Biblia —por poner un
ejemplo de obra universal— y son muchísimas personas con escasa formación o con
convicciones poco consolidadas, que precisamente terminan tomando una novela
como si fuera la Biblia (y quien dice la Biblia dice un mera tesis histórica)
En definitiva, que no es cosa baladí lo que señalamos, pues bien cierto
es que personas con un mínimo de preparación intelectual y espiritual (porque
estas obras cuestionan no sólo fundamentos históricos, también religiosos), no
dejarán de tomar la novela como lo que es: una mezcla de realidad con un mucho
de imaginación; mas no lo tomarán así personas más influenciables.
Veía hace poco en una encuesta de Internet, que un 66% de los votantes de la misma indicaban que la
lectura de El Código da Vinci les había hecho variar su concepción del
cristianismo. Y en este frío dato estadístico podemos entender que no estamos
ante algo inocuo o irrelevante, sino ante algo más grave de lo que podamos
imaginar.
Ya vemos que una novela, que se supone que es para entretener, hace
replantearse cuestiones trascendentales a los lectores, cual es su concepción
espiritual —aunque para muchos sólo habrá cuestionamientos de tipo
historicista—. Pero lo que no vemos tan claro es que esos replanteamientos sean
beneficiosos, por cuanto se formulan sobre una buena cantidad de
especulaciones, errores e infundios. Y en este caso además, lo más grave es que
existen intencionalidades oscuras por parte de un autor que plasma en forma de
novela toda una serie de condicionantes ideológicos radicales, cual es por
ejemplo su manifiesto odio al catolicismo.
No reparamos en el hecho de que vivimos en una sociedad de mercaderes, y
a los mercaderes lo único que les importa es vender; vender lo que sea y como
sea. Y si encima pueden hacerlo adoctrinando, ya sea manifiesta o
subliminalmente, mejor que mejor. Y este es el caso de Dan Brown y de otros
autores de su misma cuerda ideológica, si es que alguien que demuestra ser tan
inescrupuloso tiene alguna otra idea distinta a la de vender al precio que sea… Por
consiguiente, podemos fácilmente deducir que un escritor, cuando se convierte
en un mercader más, lo que busca es vender, no formar, divulgar, entretener o
hacer que sus lectores se replanteen las cosas para ser más libres, instruidos y
felices.
No queremos pensar que existen toda una serie de intereses ocultos
detrás de estos cuentistas, porque de entrar en ello podríamos incurrir en su
mismo pecado: la especulación. Sin embargo, sí que personalmente pienso que
esta tendencia moderna a vulgarizar el cristianismo no es casual…
El problema es más serio de lo que podamos suponer, repito, pues para
muchas personas influenciables lo que este tipo de novelas-basura generan son
una ilusoria y provisional complacencia evasiva (el tiempo que dura la
lectura), y un profundo vacío espiritual o desazón después, cuando sienten que
muchos de sus esquemas se derrumban. Y si los esquemas ideológicos y
espirituales de una persona se derrumbasen por el estudio de una fuente
tradicional valiosa, por el hallazgo de un nuevo abrevadero doctrinal
desconocido hasta el momento, bien estaría, pero que lo haga por la lectura de
la inventiva de un mercader de la literatura, no deja de ser algo muy grave y
lamentable.
Supongo también que, después de estas consideraciones tan aceradas,
habrá entre el público personas, admiradores y defensores de la novela que
hemos puesto como ejemplo, que se echarán las manos a la cabeza indignados,
seguramente porque a ella (a la cabeza) les habrá
venido un montón de argumentos con los que rebatir mi opinión y mi pensamiento.
Pues bien, a ellos les digo que no se desconcierten y que no se molesten, no
soy en modo alguno uno de esos detractores que no tienen mejor cosa que hacer
que andar denostando una novela por haber osado ofender arraigadas creencias.
Sólo a alguien que tenga algún tipo de interés en el fenómeno (como esos
mercaderes de la literatura a la que me he referido), se le podría ocurrir algo
tan ridículo. Soy un ciudadano más que expresa su valoración sobre la cuestión
de fondo; y ya he dicho al principio que mi crítica no va contra el valor
literario de la obra, que simplemente no cuestiono, va contra el peligro que
encierran lecturas en apariencia inofensivas, lecturas que no han sido
precisamente escritas para entretener y formar, como hemos dicho, sino para
comerciar (en primer lugar) y para contribuir a desculturizar y desacralizar la
sociedad (que no es precisamente lo mismo que remover las conciencias) Y
tampoco quiero, como también he dicho, entrar a analizar las intencionalidades
que puedan subyacer bajo estas estrategias difusorias de los bestsellers anglo-americanos de ficción con
millonarias inversiones en marketing…
Antes de entrar en el tema que me ocupará brevemente y que sirve de base
a la novela de El Código da Vinci —y antes que a ella a innumerables
ensayos novelescos con pretensiones de
obra de investigación—, voy a señalar algunas de las elucubraciones sin
fundamento y errores más notorios. Lo hago para que nadie pueda pensar que mi
crítica es gratuita o condicionada por mi pensamiento. Simplemente se trata de
dejar bien claro que, una cosa son los hechos objetivos y otra muy distinta las
interpretaciones o especulaciones que sobre ellos, y sobre sus aparentes
contradicciones, hagamos.
- Para empezar, ya
en el preámbulo de su novela Dan Brown afirma que las descripciones de los
lugares y de las obras de arte que aparecen en su relato, así como los
documentos que se citan, son fidedignos, pretendiendo con ello otorgar un valor
histórico a su obra de ficción literaria. Y ante esta pretenciosidad recurrente
por parte del autor, cabe dejar bien claro que no se puede dar la misma
credibilidad a unas descripciones de lugares y obras de arte que a los supuestos
documentos que dice tener la moderna asociación que se hace llamar Priorato de
Sión, de la que luego hablaremos.
- Plantea El
Código da Vinci que el Concilio de Nicea reformuló el legado espiritual
del cristianismo primitivo, de forma tan radical que supuso crear una nueva religión:
el catolicismo. Entre otras cosas, se basa el autor (a través de sus
personajes) en que la condición de Jesús como «Hijo de Dios», que es algo
inconcebible y blasfemo para le religión judía, fue introducida en el Concilio
de Nicea y que sobre ello la Iglesia cimentó su dogma. Pues bien: Al menos
desde el siglo II está documentada en diversas fuentes doctrinales
cristianas la condición de Jesús como «Hijo de Dios», por lo que no fue una
idea novedosa o un invento introducido en Nicea. Sin ir más lejos, en el
propio Evangelio de San Juan, Jesús aparece claramente definido
como encarnación del Logos de la Trinidad, lo que equivale al Dios Hijo. Por
todo ello, debemos concluir que la opinión mantenida por Dan Brown en su
novela, a través de personajes que se presentan como especialistas en religión,
es absurda y absolutamente errónea. Y lo más grave es que Dan Brown se ha
empeñado en sostener que su fallo es una realidad histórica.
- Tanto la versión
alternativa de la historia de Jesús que se propone en la novela (de carácter
exclusivamente político-revolucionario, en la línea de autores ateos y
anticristianos como el historiador Hugh Schonfield o el masón Robert Ambelain),
como las fuentes que se citan para sostener sus tesis, carecen de base histórica.
En la novela se nos presenta a un Jesús cuya vida no es otra cosa que la
persecución de un objetivo político en el sentido moderno, limitando dicho
objetivo a la pretensión de ocupar el trono de Israel. Entre otras cosas, Brown
(sus «especialistas») no caen en cuenta de un detalle fundamental, y es que en
la figura del Mesías judío la misión espiritual y la política son inseparables.
De hecho, a pesar de que el episodio del Domingo de Ramos, en que Jesús entra
en Jerusalén montado en un asno, tiene una connotación política incuestionable,
ello no significa que Jesús aspirara al trono de Israel, pues aun habiendo
asumido el papel de Mesías y de Hijo del Hombre, lo que asume no es la imagen
de un rey triunfante o de un caudillo militar victorioso, sino la condición de
siervo sufriente que viene a redimir los pecados del pueblo, tal como fue
profetizado (Isaías 52, 13 a 53). Y aunque sus seguidores mantuvieran
expectativas más terrenales que espirituales con relación al Mesiás, lo cierto
es que Jesús interpretaba también la profecía veterotestamentaria de Zacarías
(12, 10), como bien demuestra el hecho de que sus discípulos a menudo no le
comprendían. Es decir, no comprendían el sentido de unas palabras de
elevadísima espiritualidad.
- En un pasaje de
la novela aparece un «monje» del Opus Dei como un asesino que mata para impedir
que el «secreto de María Magdalena» salga a la luz. Este error garrafal
demuestra, por un lado la falta de rigurosidad de Dan Brown, que no sabe que
los miembros del Opus Dei ni son monjes ni visten
hábitos, y por otro lado demuestra también la obsesión anticatólica del autor.
Con semejantes condicionantes: el de la falta de metodología y el de su
ideología radical, parece que todo está dicho… Sin embargo no lo está, pues el
Opus Dei aparece en la trama como una organización tradicionalista radical en
la línea de los tridentinos, presentándola como hostil al Concilio Vaticano II
y a las tendencias modernizadoras de la Iglesia, cuando fue precisamente su
fundador, el español recientemente canonizado san Josemaría Escrivá de
Balaguer, uno de los precursores del mensaje del Vaticano II.
Para no extendernos demasiado entresacando más errores y especulaciones
tendenciosas que demuestran que en la novela de Brown no hay tantas «claves» ni
tanta «realidad» como algunos (él mismo el primero) pretenden hacernos ver,
diremos, antes de entrar en materia, que gran parte de los culpables de que lo
que son meras fantasías y falseamientos se presenten como hipótesis dignas de
consideración —y hasta de representar un verdadero cuestionamiento histórico y
teológico—, son en gran medida los defensores que surgen como hongos dentro del
mundo de divulgación —que no por casualidad son una auténtica constelación de
«mendigos» de la literatura y de periodistas amarillistas que tratan de subirse
a todos los «carros» de la moda—. En este sórdido mundillo carente de la más
mínima ética y decencia, hay quienes «argumentan» que el éxito de El Código
da Vinci radica en que «evoca arquetipos muy poderosos», entre otras
cursilerías… Porque vamos, ya es mucho llamar «arquetipos muy poderosos» a toda
una serie de complots extravagantes,
o a planteamientos absolutamente pedestres, como es decir que el Santo Grial
material no sería el cáliz de la Última Cena, sino los restos de María
Magdalena, basándose en una muy «sesuda» y rebuscada deducción: «sangre de rey»
= «sangre real» = «sang real» = «santo grial». Es decir, que el arquetipo
cristiano y universal de la búsqueda griálica no es la búsqueda de una reliquia
sagrada, ni tampoco es una búsqueda metafísica o espiritual, sino que es una
búsqueda de los restos de unos restos necrológicos (santos restos, eso sí)...
Sin comentarios…
Más que evocar arquetipos muy poderosos, lo que hacen estos autores,
Brown y compañía, es vulgarizarlos en grado sumo… Y todo para buscar su propio
«santo grial»: la «clave del éxito» (esto es en su concepción puramente
mercantilista vender lo que sea y como sea); es decir, recurren a temas que
interesan a muchas personas y producen morbo (los entresijos vaticanos, la vida
oculta de Jesús, los «heréticos» templarios, las sociedades secretas, el Opus
Dei o las teorías conspiranoicas de
toda índole…) y los despojan de su real sentido a base de elucubraciones y
burdos sensacionalismos. Obviamente, no todos dan con la «clave del éxito» tan
ansiada, más bien son pocos los que lo consiguen, y eso es lo que resulta al
final más frustrante para todos los «mendigos» de la literatura a los que me he
referido, que se ufanan en seguir la estela del éxito a base de alimentar la
impostura vertiendo en torno a la misma más y más elubraciones, más y más
sensacionalismos, más y más morralla…
No obstante, si algo cabría «agradecer» a El Código da Vinci, y
con esto termino lo que tengo que decir sobre esta novela, es que a muchas
personas las ha llevado a interesarse por temas que antes desconocían y en los
que, a poco que se tomen la molestia de profundizar a través de lecturas serias
y ciertamente reveladoras, descubrirán claves en verdad trascendentes para
saber y conocer, que no son precisamente esas «claves ocultas y ocultistas»
que, aprovechando la estela comercial de El Código, otros mercaderes
de la literatura nos pretenden también vender en forma de secuelas alusivas,
artículos sensacionalistas, refritos impresentables o republicaciones de obras
que pasaron por el mercado editorial sin más pena que gloria.
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Gran parte de la trama de la novela de El
Código da Vinci se basa en tres presumibles enigmas históricos que, ni son
tan enigmáticos (en el sentido profano que le otorgan Brown y otros autores
antes y después que él), ni son nada originales.
Se habla mucho de claves misteriosas, de símbolos esotéricos, de
secretos trascendentales no revelados, para al final llevar al lector a una
conclusión bastante prosaica y que, en síntesis, nos viene a decir que la
arquetípica y universal búsqueda del Santo Grial culmina al descubrir que Jesús
estaba casado con María Magdalena, que tuvo hijos y que sus descendientes son
los aspirantes al trono de Francia…
Y tanto rollo macabeo —y merovingio— para esto…
Realmente cuesta trabajo, para alguien que lleva años estudiando en
profundidad la historia y los aspectos doctrinales del cristianismo y de la
Tradición universal, entender cómo es posible que la gente se trague sin más,
sólo porque lo dicen unos autores de bestsellers,
tanta patraña y tanta sandez, que en algunos puntos supera en cuanto a
fantasiosidad a las novelas de Tolkien, que por otra parte son magníficas —y
ello sin necesidad de recurrir a pretenciosidades pseudohistóricas—.
Ya dije que no iba a entrar a analizar en profundidad la novela de El
Código da Vinci, entre otras cosas porque ésta no es en realidad más que
el exponente final, el canto de cisne, de un género especulativo y una moda
pasajera que da sus últimos estertores.
No me equivocaré al afirmar, y de hecho pude comprobarlo en un artículo
aparecido recientemente en una de esas revistas paracientíficas en las que
escriben, entre escasos autores de calidad mucho «mendigo» de la divulgación,
que el siguiente paso será presentarnos un sinfín de nuevos descubrimientos
desmitificadores.
Como digo, lo he podido ver, meses después de que yo mismo desmitificara
algo en una breve entrevista concedida para la revista QUO, en un
artículo que venía a decir que el tan traído y llevado Priorato de Sión
renunciaba a sus orígenes míticos, y en el título de una conferencia que
impartía por ahí uno de los omnipresentes «mendigos» periodístico-literarios,
que lo mismo se sube al «carro» de los OVNIS (cuando estaban de moda) que al de
los «expertos en templarios» (ahora que es lo que «priva»).
Pues bien, estos oportunistas de la pluma, que antes alimentaron el
fenómeno del Priorato de Sión y de sus presuntos descendientes de Jesús dando
pábulo y cancha a las especulaciones, con el único fin de llevarse unos
cuartillos al bolsillo escribiendo y conferenciando, resulta que ahora, cuando
la farsa comienza a resultar insostenible, son los «primeros» —pretenden serlo
a pesar de que cada vez más personas les ven el plumero— en correr a
desmitificar…
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El Priorato de Sión es una sociedad secreta fundada en 1099 en Jerusalén,
a la que han pertenecido conocidos personajes históricos. Esto es lo que se
dice en El Código da Vinci. Con esta mentira comienza la
novela.
El Priorato de Sión es una sociedad moderna fundada sobre mitos y mucha
desvergüenza, que nació con pretensiones de corte nacionalista (chovinista para
ser más exactos) y legitimista de la monarquía francesa, y que ha derivado en
un vulgar entramado editorial. Ese es todo el «misterio» que rodea al
«misterioso» Priorato de Sión.
Muy resumidamente, la pretensión del Priorato de Sión es que hubo un
tiempo en que dicha orden y la Orden del Temple eran una misma organización, y
que en un momento determinado de la historia se escinden, escenificando dicha
escisión con la tala de un olmo milenario en las proximidades del castillo de
Gisors, histórico lugar de reunión de los reyes ingleses y franceses.
Sobre este novelesco mito, se monta un entramado a base de hilvanar, con
más fantasía que otra cosa, acontecimientos y personajes históricos, para venir
a decir que el Priorato de Sión es el depositario de un secreto que derribaría
los cimientos de la Cristiandad: nada menos que Jesús estaba casado con María
Magdalena, y que cuando ésta huyó al sur de Francia lo hizo embarazada… Y aún
hay más: que los descendientes de Jesús habrían emparentado con los reyes
merovingios, y que esa dinastía, protegida por el Priorato de Sión, sería hoy
la heredera del trono de Francia, y ya puestos de la Cristiandad entera. Porque
claro, la obsesión que padecen todos los ultranacionalistas es que se creen que
su nación —o pseudo-nación en algunos casos— es el ombligo del mundo, obsesión
tras la que en realidad subyace una profunda frustración y enorme complejo de
inferioridad. Por supuesto, el último eslabón de esa cadena de despropósitos,
el descendiente directo de Jesucristo, no sería otro que el embaucador Pierre
Plantard, del que ahora hablaremos.
El Priorato de Sión también se pretende guardián de la verdadera fe en
Jesús y María Magdalena, basada en la teoría del sagrado femenino (una teoría
gnóstica de equilibrio entre lo sagrado masculino y femenino), sosteniendo que
entre sus filas contaron como grandes maestres a Newton, Botticelli, Leonardo
da Vinci, etcétera —Curiosamente, ninguna mujer—.
Y sobre esta historia tan disparatada, que cabría tomar a guasa si no
fuera porque ha cambiado concepciones sobre el cristianismo a mucho crédulo y
enriquecido a costa de ello a mucho inescrupuloso, se han ido tejiendo toda
clase de conjeturas encaminadas a emparentar a diversas familias regias y
nobiliarias europeas en una rama del linaje sagrado davídico de cuya existencia
no hay la más mínima base histórica.
Para empezar, diremos que el Priorato de Sión no tiene absolutamente
nada que ver con la mal llamada «Orden de Santa María del Monte Sión», que no
es en realidad otra cosa que la Orden del Santo Sepulcro fundada en Jerusalén
hace 900 años por Godofredo de Bouillon, sino que es una asociación fundada en
1956 por un caradura con delirios de grandeza: Pierre Plantard, alias Pierre
Plantard de Saint-Clair, que fue, entre otras cosas, un adivino y astrólogo
condenado por fraude y estafa… Aunque éste, antiguo militante de organizaciones
fascistoides, gaullistas y contrarrevolucionarias francesas, no sería más que
un peón en el tablero de ajedrez…
Su primer apellido, Plantard, le acreditaría supuestamente como heredero
directo del último gran monarca merovingio, cuyo descendiente secreto, a decir
del Priorato de Sión, fue conocido como el «Retoño Ardiente» (Plant Ard), de
donde vendría el apellido familiar. El caso es que la mayoría de los
historiadores sostienen que dicho monarca habría muerto sin hijos varones.
En cuanto a su segundo apellido, Saint-Clair, que no es su apellido
materno, resulta que corresponde a los parientes franceses de
los Sinclair escoceses, familia noble que tuvo miembros en la Orden del
Temple y en la antigua francmasonería escocesa.
Sin embargo, ningún especialista en genealogía ha encontrado indicio
alguno de la existencia de matrimonios entre los Plantard y los Saint-Clair,
que justifique la razón del añadido que Pierre Plantard hacía a su apellido
legal, lo cual desmonta todo el relato de este individuo sobre sus presuntos
antepasados.
Las primeras manifestaciones de quienes se presentan como dirigentes del
moderno Priorato de Sión tienen mucho que ver con el presunto tesoro (de
reliquias y documentos históricos comprometedores) que habría encontrado el
párroco Berenguer Saunière en Rennes-le-Château, un pueblecito situado al
nordeste de los Pirineos, a finales del siglo XIX, historia que, junto con la
del castillo de Gisors, dio a conocer al gran público hace cuatro décadas el
periodista sensacionalista y corrupto Gérard de Sède, quien curiosamente contó
con la colaboración de dos modernos dirigentes del Priorato de Sión: el marqués
Phillippe de Chérisey y Pierre Plantard, el presunto descendiente de los
merovingios, y de Jesús de Galilea…
Sin embargo, tras este misterio de Rennes-le-Château no parece haber
otra cosa que un sacerdote simoniaco que percibió pingües beneficios con
la venta de misas fuera de su diócesis,
así como una recompensa a su activismo monárquico: una herencia por parte de
una condesa de la casa de los Habsburgo-Lorena, cuyo difunto marido fue
pretendiente a la corona francesa. Tal vez por ello, más tarde recibió también
el pago de una fuerte suma de dinero por parte del archiduque austrohúngaro
Juan de Habsburgo, a cambio de unos documentos en poder de Saunière y que el
archiduque entendió le servirían para sus pretensiones dinásticas: nada menos
que restablecer un imperio europeo, a partir de su derecho al trono de Francia.
La cantante Emma Calvé, con la que el cura trabó una amistad muy íntima,
introdujo a Sauniére en los vicios de los círculos más selectos de la sociedad
parisina, y también en las sociedades ocultistas a las que la cantante
pertenecía desde que fue iniciada por su antiguo amante el periodista Jules
Bois. También a estas sociedades, y en concreto a la conocida Orden del Templo
de la Rosacruz Católica, fundada por Josephin Péladan, Sauniére vendió sus
servicios religiosos.
Aparte de lo que desevela la investigación llevada a cabo por el
arzobispado de Carcasona, resulta evidente que Saunière no encontró ningún
tesoro material en la iglesia de Rennes-le-Château (más allá de algunos
documentos genealógicos), en el hecho de que su holgura económica llegó a su
fin tras una serie de dispendios.
Varias décadas después, a partir de los años sesenta, aparecen en
Francia una serie de artículos, libros y documentos relacionados con este
enigma, promovidos por una sociedad llamada Priorato de Sión. La del amigo
Plantard.
Y en 1975, en la Biblioteca Nacional de París, aparecen los denominados Dossiers secrets, unos documentos
(fotocopias de árboles genealógicos, recortes de prensa, etc.), que alguien ha
colocado allí, que eran modificados a menudo por quienes consultaban en la
biblioteca y que sirven para urdir una compleja trama con la que el Priorato de
Sión trata de legitimar sus aspiraciones.
Dos periodistas: Michael Baigent y Richard Leigh, en colaboración con el
productor de TV Henry Lincoln, que había dado a conocer en Inglaterra el
misterio de Rennes-le-Château a través de unos documentales realizados para la
BBC, publican un novelesco en forma de ensayo de investigación, en que
hilvanan, con una habilidad casi jesuítica, toda una serie de acontecimientos
históricos reales con diversas imposturas y especulaciones. Nace así el primer bestseller de la trama editorial: el
libro titulado El enigma sagrado.
Tras él su secuela, El legado
mesiánico, y así se van sumando al negocio, con mayor o menor éxito, hasta
más de medio millar de libros dedicados al misterio de Rennes-le-Château, la
criptodinastía merovingia, las herejías magdalenienses y el Priorato de Sión…
Cabe destacar entre estos libros que han alimentado esta novelesca
aventura, los publicados por el profano con mandil Robert Ambelain, donde,
tomando ideas del ateo Schonfield, viene a decir que Jesús fue un líder
teocrático judío que acaudilló una revuelta violenta, y que fue San Pablo el
verdadero forjador y fundador de la doctrina cristiana… Sostenía también que
los templarios habrían conocido este secreto (su perdición), y que por eso
menospreciaban la imagen del Cristo crucificado… Curiosamente —y desde luego no
casualmente—, este masón de alto grado, obsesionado en sus obras por despojar a
Jesucristo de su dimensión trascendente y sobrehumana, resulta que había
colaborado en su momento con el joven Plantard y fue como él miembro de la
orden ocultista-nacionalista Alpha Galates, conexión que evidencia bien a las
claras la clase de trama que hay detrás de estas «heterodoxas visiones», por
llamarlas de alguna forma…
A partir de los años 80, la trama comienza a ser desmontada, y Plantard
termina dimitiendo en 1984, cediendo su puesto de gran maestre del Priorato de
Sión a su amigo Chérisey, quien lo lega a un personaje desconocido, para
retomarlo luego de nuevo Plantard, quien a su vez lo traspasa en 1989 a su hijo
Thomas… En ese año, Pierre Plantard hace pública una declaración en la que él
mismo echa por tierra la mítica trama urdida, en la que habla de unos nuevos
documentos encontrados en Barcelona, y en la que si algo queda de manifiesto es
que esa versión paralela de la historia que él y sus «compinches» (los de El
enigma sagrado, el de Jesús o el secreto mortal de los templarios
y compañía) han forjado, no es más que una colosal patraña.
Sin embargo, agotados los ensayos de «investigación» (de «encaje de
bolillos» pseudohistórico cabría decir mejor), la última secuela viene en forma
de novela, El Código da Vinci, que, por increíble que parezca no
supone la decadencia del mito, sino su canto de cisne. Es decir: su epitafio.
Eso esperamos, por el bien de una figura eterna a la que ninguna farsa,
por muy elaborada que esté, podrá desmitificar, vulgarizar y despojar de su
profunda dimensión espiritual y trascendente: la figura de Jesús el Cristo.
* Ponencia impartida en la mesa redonda sobre el
Temple celebrada con motivo del Ciclo Cultural de Otoño en la iglesia del
Monasterio de Irache, en Ayegui, Navarra, el 23 de octubre de 2004