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Ego quaero vultum Domini Nostri Iesu Christi, qui me illuminavit non meis meritis sed per suam sanctam pietatem
4 de mayo de 2008 nº 75 11.746 suscriptores
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COMISIÓN REDACTORA Dirección Fernando Arroyo —Director—
Raúl Riesco —Redactor Jefe— Redacción Luis Alcaina Jordi Castañé Julián Martos José Luis Delgado Ángel Sesmero Santiago Soler Ricardo Martínez Luis Cebrián Juan Carlos Herreras Toño Ruiz Antonio Espinosa
Firmas
Javier Otazu Michel Vâlsan (trad. Julián Martos) Bernardo López García
“Los muertos son los únicos que ven el final de la guerra” (Platón)
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13)
Edita
Sociedad de Estudios Templarios y Medievales
Colabora
Asociación de Esgrima Medieval y Arquería Tradicional
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EDITORIAL
EL PRINCIPIO DEL FIN DEL IMPERIO NAPOLEÓNICO Otra memoria histórica española
“Doce millones de almas, fuertemente unidas entre sí por el vínculo
más sagrado que se conoce entre los hombres: el amor a la Patria”.
El pasado día 2 de mayo de 2008 tuvieron lugar los principales actos conmemorativos del Bicentenario de la Guerra de la Independencia de España contra el Imperio napoleónico (1808-1814). Cabe recordar que aquel heroico hito, que supuso la primera derrota del Ejército imperial francés en su marcha triunfal por Europa, fue posible gracias a la fe y la unidad de toda una nación, la española, capaz de sacudirse de sus periodos de letargo y crisis para acometer las más grandes gestas históricas. La que es nación más antigua de Europa de cuantas hoy son Estado (se constituyó como Reino sobre las cenizas del Imperio romano en el siglo VI, de manos del pueblo germánico visigodo), se lanzó a la aventura épica más trascendente de la Historia, la conquista y evangelización del Nuevo Mundo, justo en el año (1492) en que los Reyes Católicos tomaban el último bastión sarraceno de España: el reino nazarí de Granada. Concluían así casi ocho siglos de encarnizada Reconquista cristiana contra el invasor musulmán, siendo la única nación del mundo ocupada por el Islam que ha sido capaz de desembarazarse de su prolongado dominio (basado en la conquista militar y la conversión religiosa), hazaña ciertamente prodigiosa ni siquiera lograda por grandes imperios como el Bizantino o el de los Sasánidas de Persia. Tres siglos después, en otra de sus muchas épocas críticas y convulsas, España se encontraba en la práctica sin gobierno tras las abdicaciones reales de Bayona del 5 y 6 de mayo de 1808 por las disputas sucesorias entre Fernando VII y su padre, Carlos IV, que era apoyado por su valido Manuel de Godoy, “príncipe de la paz”. Aprovechando el vacío de poder del país vecino, el emperador corso Napoleón I Bonaparte engañó a los monarcas españoles y envió al otro lado de los Pirineos a su Ejército en calidad de “aliado de España”, con el beneplácito del también engañado primer ministro español Godoy, ocupando militarmente los franceses el Reino y entregando Napoleón la Corona Hispánica a su hermano, que reinaría como José I con el apoyo de los ministros y aristócratas traidores llamados “afrancesados”. Aunque ya hubo en la ciudad norteña de Burgos un alzamiento contra los franceses invasores el 18 de abril de 1808, en los que murieron los patriotas Manuel de la Torre, Nicolás Gutiérrez y Tomás Gredilla, el honor histórico de ser los artífices del comienzo formal del levantamiento corresponde a los míticos alcaldes de la localidad madrileña de Móstoles, Andrés Torrejón (representante interino del Estado Noble al no ofrecerse hidalgo alguno) y Simón Hernández (regidor en nombre del pueblo llano), y su famoso bando llamando a la sublevación general: “En Madrid está corriendo mucha sangre; como españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria...”. Emulando al héroe griego de Maratón, Filípides, un jinete solitario, el postillón Pedro Serrano, cabalgó 200 kilómetros en sólo 24 horas, sin dormir y sin comer, para trasladar a lomos de su caballo el llamado Bando de los Alcaldes a lo largo de los pueblos que jalonan el Camino Real de Extremadura. Su rastro desaparece en el pueblo extremeño de Casas del Puerto (hoy Casas de Miravete, provincia de Cáceres), donde cayó extenuado. Su cuerpo nunca fue hallado, pero el bando que denunciaba la traición fue copiado por el alcalde de Casas del Puerto y mandado transmitir por todos los pueblos mediante el sistema de “propios” (un correo lo entrega en un pueblo con el encargo de que, a su vez, se hagan nuevas copias). Hallado en 1886, la única copia del Bando de los Alcaldes que se conserva se guarda en el pueblo onubense de Cumbres de San Bartolomé, e incluye unas curiosas anotaciones: llegó a lomos de un caballo sin jinete. El correo que lo llevaba, confundido con un bandido, fue muerto por unos lugareños a la entrada de la villa. Otro mártir de la Guerra de la Independencia. El 2 de mayo de 1808, los insurgentes españoles atacan en Madrid a los mamelucos, mercenarios egipcios que combaten al lado del Ejército imperial. Esta revuelta fue aplastada de forma sangrienta por las tropas de ocupación y a partir de esta fecha el levantamiento se extendió en dos meses por toda España, iniciándose así la Guerra de la Independencia española contra los ejércitos imperiales napoleónicos. Con todo, lo más significativo desde el punto de vista heroico, fue que el pueblo llano se erigió en protagonista de la historia al ser el primero en sublevarse contra el invasor francés. En Madrid, desde una barandilla bajo el arco de Cuchilleros, un sacerdote arengó a los madrileños a luchar. En la cárcel de la Villa, 56 presos pidieron permiso para salir a luchar contra el francés dando su palabra de volver; sólo cuatro no regresaron a sus celdas: uno murió, dos cayeron heridos y otro se supone que aprovechó para fugarse, pues nada volvió a saberse de él. Y, cosa injustamente poco habitual en toda contienda bélica, hay incluso heroínas con nombre propio, como la bordadora de 17 años Manuela Malasaña, fusilada por los franceses tras ser descubierta portando un arma: sus tijeras; o Clara del Rey, que murió junto a uno de sus hijos y su marido en Monteleón; o Benita Pastrana, que falleció llevando munición a los artilleros... Hasta la prensa de la época contribuía a alentar a los defensores y a socavar la moral de los invasores criticando a Napoleón: “Feroz usurpador del trono de San Luis” o “insensato que se creyó, por un tiempo, rey de España”, según publicó el Semanario Patriótico en septiembre de 1808. El amotinamiento madrileño fue una mezcla de espontaneidad popular y conspiración patriótica (existía una muy poco conocida Junta de Gobierno secreta, constituida previsoramente y coordinada por el secretario del Almirantazgo y fiscal del Consejo Supremo de Guerra Juan Pérez Villamil, futuro miembro del Consejo de Regencia que precisamente se hallaba en Móstoles el día clave y todo indica que fue el autor verdadero del famoso bando). El motín se extendió por todo Madrid, con cerca de 30.000 ciudadanos enfrentados a las bien pertrechadas huestes francesas. Desde el parque de Artillería de Monteleón (hoy Plaza del Dos de Mayo, donde se conserva como parte del monumento conmemorativo la puerta del cuartel), los capitanes españoles Pedro Velarde y Luis Daoíz (que asumió el mando de los insurrectos por ser el más veterano) y el teniente Jacinto Ruiz recogieron el envite popular, desoyendo las órdenes de no enfrentarse a los franceses y liderando la defensa de la ciudad. Los combates fueron encarnizados y desiguales, así como durísima la represión de las victoriosas tropas imperiales del mariscal de Francia y rey de Nápoles Joachim Murat (a la sazón, cuñado de Napoleón), que mandaba un ejército de 50.000 hombres. La resistencia fue un baño de sangre, debido a la secular costumbre de los guerreros hispanos de no rendirse en las batallas aunque se supieran derrotados, como fue el caso del cuartel de Monteleón, en que los últimos defensores cayeron combatiendo a pesar de verse sitiados y vencidos. Esta denominada “furia hispánica”, que a menudo ha llevado a los asediados a autoinmolarse antes que a rendirse, o a vender cara la derrota luchando hasta la muerte, se remonta como precedente histórico a los tiempos del asedio de la ciudad celtibera de Numancia por las legiones romanas (134 a.C.) y se repite en innumerables episodios de la historia bélica española (los últimos templarios encastillados de Aragón y Castilla en el siglo XIV, los últimos de Filipinas durante la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898, el asedio al Alcázar de Toledo en la Guerra Civil de 1936, etc.). Semejante ardor suicida y predisposición al martirio, que tiene mucho de fervor religioso y de visceralidad genética de influencia oriental (íbera, helénica, púnica, fenicia e islámica), resultaba desconcertante para la mentalidad pragmática de los franceses y de los ejércitos occidentales en general. Los franceses no se conformaron con la victoria y el mariscal Murat dio órdenes de fusilar a todos los que se encontrasen con armas, fueran hombres, mujeres, viejos, niños o curas. De ese modo, en el Buen Suceso [iglesia y hospital establecido por el emperador Carlos I de España y V de Alemania frente a la Puerta del Sol de Madrid y confirmada su fundación por bula del Papa Clemente VII el 28 de enero de 1529], el Paseo del Prado, el Parque del Retiro y la montaña del Príncipe Pío fueron cayendo los sublevados sin juicio alguno y entre el silencio de las traidoras autoridades españolas “afrancesadas”. Y si bien los cobardes afrancesados no movieron un dedo para frenar la masacre, los sucesivos levantamientos provinciales se generalizaron de tal forma que, hacia finales de junio de mismo año de 1808, todas las localidades españolas habían vivido su particular “Dos de Mayo”, una fecha emblemática en la historia de España, considerada como el punto de partida “oficial” de la edad contemporánea en el país y, ante todo, hito espiritual y semilla de la construcción de un nuevo concepto de nación liberal. En la efeméride que en estas fechas se conmemora en España, además, tuvieron lugar hechos muy significados de la historia militar, como el surgimiento en las campañas de 1809 de la conocida, desde entonces, como guerra de guerrillas, invención española que persiguió hostigar sin tregua y a través de los medios más diversos a los invasores. El resultado fue que buena parte del Ejército francés tuvo que realizar asimismo labores de policía. Era la guerra total que provocó una sofisticada guerra de nervios. Las guerrillas tuvieron tanta importancia que Napoleón dijo, ya desde su retiro en la isla de Santa Elena, que fue una equivocación tratarlas con tanta crueldad porque los españoles se comportaron como hombres de honor. Finalmente, las reuniones de las Cortes de Cádiz, ciudad del sur de España donde la Junta Suprema Central estableció la asamblea constituyente española tras la invasión napoleónica de la península Ibérica, culminaron con la redacción, aprobación y promulgación de la Constitución de 1812. El arrogante emperador Napoleón, que al inicio de la contienda declaró que la resistencia española no era más que una desorganizada horda de aldeanos y curas, cometió el mismo error de subestima que los cronistas musulmanes que, durante la invasión islámica de España, calificaron de “asno salvaje” al noble visigodo y caudillo astur Don Pelayo, iniciador de la Reconquista al derrotar a los musulmanes en la batalla de Covadonga (722)... A Napoleón ya le había advertido de su craso error de apreciación su propio hermano, el titular usurpador de la Corona española José I Bonaparte, escribiéndole en una carta premonitoria que en España comenzaría el fin de su gloria, como así habría de ser... Lo que en España comenzó como una masacre, fusilamientos de población civil incluidos, terminó como una gesta por la libertad de una nación, gesta que se fraguó un 2 de mayo de 1808 en Madrid y continuó con la primera derrota del poderoso Ejército napoleónico en la batalla de Bailén (Jaén, 19 de julio de 1808), de manos de tres divisiones de tropas españolas comandadas por los generales Francisco Javier Castaños (primer duque de Bailén), Teodoro Reding y Antonio Malet, a las que se unieron campesinos (los llamados garrochistas). El efecto de la victoria española en Bailén fue la desaparición de todo un cuerpo de ejército de las tropas invasoras (2.000 bajas y 18.000 rendiciones se contabilizaron entre los franceses). Posteriormente, en la de la batalla de Arapiles (Salamanca, 22 de julio de 1812), un conglomerado de tropas británicas, españolas y portuguesas al mando del general Arthur Wellesley, primer duque de Wellington, aplastó al ejército imperial (3.176 bajas británicas, 2.038 portuguesas y 6 españolas, frente a las 12.500 francesas). Las implacables derrotas que los franceses iban sufriendo por toda España, propiciaron la salida del rey José Bonaparte desde Madrid, en dirección a Vitoria, donde tuvo lugar la batalla del 21 de junio de 1813 entre las tropas francesas que escoltaban al depuesto monarca en su huida y el ejército anglo-hispano-portugués al mando de duque de Wellington. Hoy, en la céntrica Plaza de la Virgen Blanca de la capital vasca, un monumento conmemora, como reza en la base, esta batalla por la Independencia de España. El 24 de febrero de 1814, el genial pintor Francisco de Goya dirige una carta a la Regencia de España, informando de su pretensión de “perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa”. De ello surgen dos obras maestras del arte pictórico español sobre los días 2 y 3 de mayo en Madrid: La carga de los mamelucos y Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío. Finalmente, tras la derrota definitiva de Napoleón en la batalla de Waterloo (Bélgica) en 1815, igualmente de manos del duque de Wellington, el rendido y depuesto emperador galo, en su exilio en la remota isla atlántica de Santa Elena, declarará en el prólogo del libro Esta maldita guerra, de Ronald Frases, lo siguiente: “Esa maldita guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia. Todas las circunstancias de mis desastres se relacionan con este nudo fatal: destruyó mi autoridad moral en Europa, complicando mis dificultades.... Esta maldita guerra me ha perdido... Los españoles en masa se portaron como un solo hombre de honor”. Aunque este gran aniversario no haga referencia a un hecho medieval, su importancia histórica fue tan decisiva, para España y para Europa (que siguió el ejemplo español hasta derrotar al que fuera invencible Napoleón), que también desde esta Sociedad de Estudios históricos queremos rendir nuestro reconocimiento y tributo a la historia contemporánea, para que el esfuerzo y sacrificio de aquellos héroes, muchas veces olvidados, no resulte vano en la construcción de nuestro común futuro.
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S U M A R I O |
Cartas a la Dirección.
Artículos: 1. Los mamelucos, una casta de guerreros. Javier Otazu. 2. La función de René Guénon y la suerte de
Occidente. Michel Vâlsan (trad. Julián Martos).
Poemas: Al Dos de Mayo. Bernardo López García
(1840-1870).
Noticias: 1. Homenaje a los caídos del 2 de Mayo. 2. Exposición ” Tesoros sumergidos de Egipto”. 3. Los arqueólogos descubren parte de la muralla islámica del siglo XII en Cullera.
Libros: 1.
Tratados
espirituales. Maestro Eckhart. 2. Conversaciones con Sri Ramana Maharshi
(tomos I y II).
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Cartas a la Dirección |
En el presente número se inaugura la sección de “Cartas a la Dirección”, en la que serán publicadas las cartas enviadas por los lectores que cumplan las siguientes condiciones:
Ø No excederse en la extensión (se atenderá en cada caso al criterio de la Dirección).
Ø Tratar sobre asuntos relacionados genéricamente con el rubro del Boletín Temple o específicamente con algunos de los temas publicados.
Ø No incurrir en insultos y descalificaciones personales.
Ø Guardar una mínima corrección gramatical.
Ø Estar redactadas en español o portugués.
Ø Aceptar tácitamente que la Redacción del Boletín Temple resuma o haga las correcciones de estilo pertinentes, en el entendido de que únicamente se modificarán aspectos formales, nunca de fondo.
Ø Aceptar el derecho réplica y, como mucho, a una contrarréplica o respuesta por alusiones.
Ø No se publicarán cartas que contengan mensajes publicitarios.
En cualquier caso, las cartas se publicarán a criterio de la Comisión Redactora del Boletín Temple, que no por ello ha de compartir ni responsabilizarse de las opiniones de los firmantes.
Las cartas a la Dirección deben ser dirigidas a:
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Artículos |
Francisco de Goya inmortalizó en La carga de los mamelucos a unos extravagantes guerreros orientales que masacraban a los madrileños a golpe de alfanje y subidos en caballos. Así han pasado al imaginario popular en España, donde la palabra “mameluco” ha sido además utilizada con tono insultante, como sinónimo de bárbaro. Pero los mamelucos no eran unos bárbaros, sino una casta de soldados refinados a la par que crueles, que dominaron Egipto, Palestina y Siria durante varios siglos e hicieron de El Cairo la capital del mundo en los siglos XIV y XV.

El Dos de Mayo o la carga de los mamelucos (1814).
Francisco de Goya. Museo Nacional del Prado, Madrid.
LOS MAMELUCOS, UNA CASTA DE GUERREROS
Javier Otazu
Mameluco significa en árabe “poseído”, porque estos soldados eran esclavos propiedad de los emires, pero algo así como la aristocracia de los esclavos.
Los mamelucos eran todos de raza blanca y procedían de Anatolia, el Cáucaso, Asia Menor y los Balcanes, y nunca llegaron a fundirse con la población local, lo que explica el hecho de que desaparecieran del mapa sin dejar descendencia en forma de tribus o pueblos.
Educados para el arte de la guerra, vivían recluidos en cuarteles, ejercitándose en la equitación, el arco y la esgrima, pero también en la poesía y la caligrafía, porque los mamelucos eran además unos estetas.
Una intriga palaciega
Los mamelucos llegaron al poder con una intriga palaciega en 1250, y tras esa fecha ejercieron el poder absoluto durante 267 años, en los que se sucedieron nada menos que 52 sultanes en los tronos de El Cairo. Un sultán mameluco rara vez moría de viejo, y su sucesión era debida a la intriga, la guerra, el envenenamiento o la traición.
Los sultanes mamelucos eran temidos por su avaricia y su crueldad: no dudaron en extorsionar al pueblo en los años fatídicos de la peste negra, y sus métodos de tortura aportaron escalofriantes novedades, como el empalamiento con una estaca engrasada o la crucifixión a lomos de un caballo.
El sultán Qaitbey, hoy famoso por su extraordinaria mezquita que preside la Ciudad de los Muertos y adorna los billetes egipcios de una libra, llegó a sacar los ojos a un químico que no había conseguido convertir el plomo en oro.
Unos apasionados del urbanismo
Pero los mamelucos eran también unos apasionados del urbanismo: construyeron palacios, murallas y acueductos, y sobre todo llenaron El Cairo de mezquitas y mausoleos, tanto que comenzó a ser llamada “la ciudad de los mil alminares”.
A ellos se les debe no sólo un tipo de mezquita originalmente cairota, sino también la construcción de enormes alhóndigas y de zocos cubiertos tan célebres como el de Jan el Jalili.
Porque la riqueza de los mamelucos se debió sobre todo al comercio: siendo El Cairo paso obligado de las rutas de la seda y de las especias, los sultanes gravaban hasta con diez veces su valor estas mercancías por pasar por Egipto.
A fines del siglo XIII, El Cairo tenía 250.000 habitantes, casi el triple que París y Londres. Por allí transitaban mercaderes judíos, esclavos abisinios, comerciantes y cónsules catalanes o genoveses, cuentistas magrebíes, alquimistas, saltimbanquis, faquires y prostitutas, además de miles de soldados, y casi todos contaban con un barrio específico.
La estabilidad del reino se debía al inigualable ardor guerrero de los mamelucos, que consiguió mantener a raya a los cruzados por el oeste, los temidos mongoles por el este y los nubios por el sur.
Uno de los sultanes mamelucos se llegó a traer como trofeo una puerta entera de una iglesia cruzada en San Juan de Acre, que colocó en una mezquita de El Cairo, donde hoy aún puede contemplarse.
No pudieron con los otomanos
Con quienes no pudieron los mamelucos fue con los otomanos, por su desprecio por las nuevas armas de fuego, y sobre todo los cañones, que consideraban como la forma menos caballerosa de hacer la guerra.
El último sultán mameluco acabó decapitado en 1517 y su cabeza colgada por los otomanos en Bab Zweila, una exquisita puerta en las murallas de El Cairo que aún hoy sigue intacta.
Pero para entonces El Cairo ya había iniciado su propia decadencia por culpa de los portugueses, que descubrieron en el Cabo de Buena Esperanza una ruta naval alternativa a El Cairo y acabó así con su prosperidad.
Así pues, los otomanos y los portugueses acabaron con la gloria de El Cairo, pero no con los mamelucos, que siguieron siendo un poder en la sombra durante casi tres siglos más.
Napoleón pronto descubrió las virtudes de los mamelucos
Cuando Napoleón llegó a Egipto comprendió las virtudes del soldado mameluco y enroló a cientos de ellos en un cuerpo especial que fue el que combatió contra los españoles en la Puerta del Sol.
El final de los mamelucos llegó en 1811, cuando el ambicioso Mohamed Ali, nuevo rey de hecho del país, comprendió su peligro: invitó a una suntuosa cena a más de 400 jefes militares y sirvientes de esta casta, les obsequió con viandas y regalos y a los postres, al pasar sus invitados por un estrecho pasadizo, fueron asesinados a quemarropa.
Dice el mito que sólo sobrevivió uno de ellos, pero ningún cronista ha podido encontrar rastro de él.
Michel Vâlsan, diplomático rumano (1907-1974), tomó en 1960 la dirección de la revista Études Traditionnelles (denominada hasta 1937 Le Voile d'Isis). En el número especial dedicado a René Guénon, publicado en 1951, Vâlsan contribuyó con el artículo La fonction de René Guénon et le sort de l'Occident.
Guénon, que se propuso como meta la restauración del espíritu tradicional integral en Occidente, consideró que la Iglesia católica era la única organización de carácter tradicional que guardaba Occidente, si bien sólo en el orden religioso. En el orden iniciático, estimaba que quedaban algunas organizaciones tradicionales, como la masonería, si bien en un avanzado estado de degradación que, mucho nos tememos a tenor de su total caída en manos de la desoladora modernidad (con su demencial cóctel de relativismo, laicismo, nihilismo, ocultismo y sincretismo), es ya irreversible.
Es por ello que Vâlsan coincide con Guénon en estimar que “no hay más que una sola organización en Occidente que posee un carácter tradicional y que conserva una doctrina susceptible de suministrar al trabajo del que se trata una base apropiada: es la Iglesia católica. Bastaría restituir en la doctrina de ésta, sin cambiar nada en la forma religiosa bajo la que se presenta al exterior, el sentido profundo que tiene realmente en ella misma, pero cuyos representantes actuales parecen no tener consciencia...”
La visión general que sobre Oriente y Occidente expusieron Guénon y Vâlsan parece, a la luz de como avanza la crisis del mundo moderno, excesivamente optimista respecto de las virtudes de Oriente, pues hoy éste se aboca al abismo de su propia perdición: por un lado, su actual situación “occidentalizada” y, por otra parte, el auge fundamentalista como agresor de Occidente y autodestructor del mismo Oriente, a lo que contribuye también la creciente vorágine consumista de los gigantes asiáticos.
Si bien en Occidente el proceso de degradación parece en una fase de no retorno, lo cierto es que es una vez más la Iglesia católica, especialmente desde el pontificado de S.S. Benedicto XVI, la única institución decidida a defender y recuperar el valor de la tradición eclesial, tanto en su aspecto formal exotérico (litúrgico) como en lo que se refiere a las reservas espirituales resguardadas en los conventos y monasterios de las órdenes religiosas que han pervivido ininterrumpidamente desde época medieval (cartujos, cistercienses, benedictinos...). En el ámbito mundano-temporal, poco puede ya influir la Iglesia ante una sociedad enferma de inmoralidad y alienada por el pensamiento único.
Creemos, coincidiendo con el análisis que ya hizo en su día el también director de Études Traditionnelles Paul Chacornac, que si bien hoy asistimos a un Occidente dividido, sometido por todas partes a las influencias antitradicionales, no menos cierto es que en Oriente las estructuras tradicionales se disgregan y que se está convirtiendo en tan “moderno” como Occidente (no hay más que ver el tecnológico mercadeo de escalada armamentística que rodea al criminal yihadismo islamista, o al "Reino de la Cantidad" que representan China, Japón, India y demás "dragones asiáticos").
Como sostiene igualmente Chacornac en su capítulo “Después de la partida del sembrador” (La vida simple de René Guénon, París, 1958): “A decir verdad, Oriente y Occidente no tienen gran cosa que envidiarse —o que reprocharse—. Y si quizás aún puede entreverse la posibilidad de un acercamiento entre uno y otro en un porvenir más o menos lejano, ¿no será por la unificación de la humanidad bajo el espectro de la contratradición?”.
Resulta curioso ver cómo la sospecha de Chacornac se consuma a pasos agigantados: por un lado, el voraz capitalismo salvaje y su monstruoso engendro, la economía de mercado, que han globalizado el mundo para esquilmarlo por completo (en beneficio temporal de oligarquías y multinacionales). Por otra parte, la estulta cohorte de dirigentes políticos que, cegados por las perversas contradicciones de su laicismo relativista, juegan a promover una altisonante y hueca “Alianza de Civilizaciones”... No cabe duda que “la unificación de la humanidad bajo el espectro de la contratradición” ya ha llegado, lo que sucede es que, como la materia y la antimateria, la de Oriente y Occidente, quiste sionista de por medio, es una unificación condenada a estallar...
La traducción del presente artículo de Michel Vâlsan, inédito en español, ha corrido a cargo de Julián Martos, profesor de español de la Universidad París VII para la Asociación Filotécnica y representante en Francia de la Sociedad de Estudios Templarios y Medievales “Templespaña”.
La Dirección del Boletín Temple
LA FUNCIÓN DE RENÉ GUÉNON Y LA SUERTE DE OCCIDENTE
Michel Vâlsan
Traducción:
Julián Martos
(Templespaña)
“Los insensatos entre los hombres dirán:
¿Qué es lo que los ha desviado de su qiblah anterior?»
– Di: ‘¡Es de Alá el Oriente y el Occidente!
Él guía a quien Él quiere en una vía derecha’.
‘Es así como nosotros os hemos establecido comunidad mediatriz
a fin que seáis testigos entre los hombres
y que el Enviado sea testigo al lado nuestro”.
(Corán, II, 142-143).
La desaparición del hombre permite considerar el conjunto de la obra en diferentes perspectivas de las que podíamos tener mientras vivía. Mientras ejercía su actividad y no se podía, entonces, poner fin a su función ni una forma definitiva a su trabajo que, como sabemos, no se limitaba a la redacción de sus libros, pero se expresaba además por sus múltiples y regulares colaboraciones en Études Tradiotionnelles (por no hablar de las revistas en las que colaboró anteriormente), así como por su abundante correspondencia de orden tradicional, su obra se encontraba, en cierta medida, solidaria de su presencia inconmensurable, discreta e impersonal, hierática y desafectiva, pero sensible y activa. Ahora, todo ese conjunto parado puede ser mirado en cierto modo simultáneamente; incluso, el corte que marca el fin, sella su alcance de una nueva significación general.
De hecho, la perspectiva así abierta ha ocasionado ya la manifestación de reacciones que no se habían producido hasta ahora.
Una nueva notoriedad vino incluso para marcar el fin del hombre. Algunos han creído ver en ciertos casos la ruptura de una especie de “conspiración del silencio” que, en ciertos medios, parecía impedir la actualización de virtualidades reales de participación en el espíritu de su enseñanza. Sea lo que sea, estamos obligados a constatar que, si nos decidimos así a tomar acta de la importancia de la obra de René Guénon, la forma en la que lo hemos hecho no ha revelado el progreso de comprensión que podíamos esperar. Incluso parece, en estos casos, que el interés que le hemos dado procedía más bien de una preocupación de prevenir con oportunidad un desarrollo real de esta comprensión y limitar las consecuencias que podrían haber surgido. Es por lo que esas reacciones son ahora importantes sobre todo desde un punto de vista cíclico. Y si no queremos observar aquí errores nuevos o ya conocidos, así como inexactitudes materiales patentes, bien sean debidos a la incapacidad de sus autores o simplemente a su mala fe en el momento en que, por tanto, la obra de René Guénon está presente en toda su amplitud y fijada de la forma más explícita, nos parece necesario precisar la significación que ellas adquieren en estos momentos. Podemos, efectivamente, encontrar la indicación más precisa de que ciertos límites han sido alcanzados y que una especie de “juicio se encuentra implicado”.
Tal es precisamente la impresión que se libera de la lectura de los artículos y de los estudios aparecidos este año [1951] en las publicaciones católicas y masónicas. Sabemos sin embargo que, felizmente, en esas dos entes no faltan los casos de mejor, e incluso de excelente, comprensión, pero una cierta reserva, disciplinaria diríamos, impiden que esas excepciones cambien, del lado católico principalmente, el tono general.
Por tanto, esta especie de censura sólo podría desalentar todavía las últimas esperanzas de una expansión del horizonte espiritual de esos mismos medios; y los límites que aparecen así, no escapan a los que saben cuales son las condiciones de una revivificación de la intelectualidad occidental en general y de una salida de la profunda crisis del mundo moderno.
Pero, felizmente, hay todavía otros medios intelectuales donde la obra de René Guénon, de una forma imprevista, penetra ahora, y ésta incluso abre nuevas perspectivas sobre la amplitud de la influencia que ella puede ejercer en el futuro.
La ocasión recapitulativa en la que hacemos estas constataciones, nos permite evocar aquí perspectivas generales formuladas por René Guénon desde el comienzo de la serie coherente y graduada de las expresiones doctrinales de las que venía de marcar la posición del Occidente, sus posibilidades de porvenir y las sucesivas manifestaciones de factores y circunstancias que abrían posibilidades positivas o las anulaban. A pesar de suponer que nuestros lectores conocen el conjunto de ideas que dominan la cuestión occidental, recordaremos aquí, en algunas líneas, los puntos cardinales necesarios para la orientación de nuestro examen.
La suprema condición del ser humano es el conocimiento metafísico, que es el de las verdades eternas y universales. El valor de una civilización reside en el grado de integración en ella de este conocimiento y en las consecuencias que ello conlleva para la aplicación en los diferentes dominios de su constitución; tal integración e irradiación interior no es posible más que en las civilizaciones llamadas tradicionales, que son las que proceden de principios no-humanos y supra-individuales, y descansan en formas de organización que ellas mismas son la expresión solícita de las verdades, a las que ellas deben hacer participar. El papel de toda forma tradicional es, efectivamente, el de ofrecer a la humanidad a la que ordena la enseñanza y los medios, permitiendo realizar este conocimiento o de participar en él de cerca o de lejos, en conformidad con las diversas posibilidades de los individuos y de las naturalezas específicas.
La medida en la que una forma tradicional, que ella sea de modo puramente intelectual o de un modo religioso, guarda esos elementos doctrinales y los métodos correspondientes, es desde ahora el criterio suficiente y decisivo de su verdad actual, del mismo modo que la medida en la que sus miembros habrán realizado sus propias posibilidades en este orden, será el único título que la generación espiritual de esta forma tradicional podrá presentar en un “juicio” que afectaría a éste y al conjunto de su humanidad.
El Occidente moderno, con su civilización individualista y materialista, es por sí mismo la negación de toda verdad intelectual propiamente dicha, como de todo orden tradicional normal, y como tal presenta el estado más patente de ignorancia espiritual que la humanidad haya conocido hasta hoy, tanto en su conjunto como en cualquiera de sus partes. Esta situación se explica por el abandono de los principios no-humanos y universales sobre los que reposa el orden humano y cósmico, y se caracteriza de una forma especial por la ruptura de las relaciones normales con el Oriente tradicional y su imprescriptible sabiduría.
El proceso según el cual se cumple el decaimiento de Occidente en la época moderna, debe unir normalmente, en conformidad, tanto con la naturaleza de las cosas como con los datos tradicionales unánimes, por llegar a un cierto límite, marcado probablemente por una catástrofe de civilización.
A partir de ese momento un cambio de dirección aparece como inevitable, y los datos tradicionales tanto de Oriente como de Occidente, indican que se producirá entonces un restablecimiento de todas las posibilidades tradicionales que comporta todavía la actual humanidad, lo que coincidirá con una remanifestación de la espiritualidad primordial, y, al mismo tiempo, las posibilidades antitradicionales y los elementos humanos que los encarnan serán echados fuera de este orden y definitivamente degradados. Pero si la forma general de esos acontecimientos futuros aparece como cierta, el destino que será reservado al mundo occidental en ese “juicio” y la parte que él podría tener en la restauración final, dependerá del estado mental que la humanidad occidental tenga en el momento en que ese cambio se produzca, y es comprensible que sea solamente en la medida que Occidente habrá vuelto a tomar consciencia de las verdades fundamentales comunes a toda civilización tradicional que podrá estar incluido en esta restauración.
La situación actual de la humanidad considerada en su conjunto, impone la convicción que el despertar de las posibilidades intelectuales del Occidente no puede realizarse más que bajo la influencia de la enseñanza del Oriente Tradicional que conserva siempre intacto el depósito de las verdades sagradas.
Esta enseñanza fue formulada en nuestro tiempo en honor de la consciencia occidental por la obra providencial de René Guénon, que fue el instrumento elegido de un llamamiento supremo y de un apoyo extremo de la espiritualidad oriental. Parece así que es en relación con esta presencia de verdad que deberá definirse la posición exacta de Occidente en general y del Catolicismo en particular, en tanto que base tradicional posible para una civilización entera.
Es en la medida en que ese testimonio de Oriente haya sido comprendido y retenido para el propio beneficio de Occidente, que éste habrá respondido a esa “convocación” que contiene al mismo tiempo una promesa y una advertencia.
Conviene precisar en este caso que el privilegio especial que esta obra ha de jugar el papel de criterio de verdad, de regularidad y de plenitud tradicional ante la civilización occidental deriva del carácter sagrado y no-individual que ha revestido la función de René Guénon.
El hombre que debía cumplir esta función fue ciertamente preparado de lejos y no improvisado.
Las matrices de la Sabiduría habían predispuesto y formado su entidad según una economía precisa, y su carrera se cumplió en el tiempo por una correlación constante entre sus posibilidades y las condiciones cíclicas exteriores.
Es así que, en un ser de una altura y una fuerza intelectual verdaderamente excepcionales, sacando sus certitudes fundamentales directamente de la fuente de los comienzos, dotado de una sensibilidad espiritual prodigiosa que debía servir para un papel de reconocimiento e identificación universal de la multitud de símbolos y de significaciones, caracterizado por una forma de pensar y un dominio de expresión que aparecen como la traducción directa, en su plano, de la santidad y de la armonía de las verdades universales realizadas en sí mismo, sobre un tal ser, único, como lo es en otro sentido el mundo mismo al que debía dirigirse así como el momento cíclico que le correspondía, las funciones doctrinales y espirituales de Oriente tradicional se concentraron de alguna forma para una expresión suprema.
El Hinduismo, el Taoísmo, y el Islam, esas tres formas principales del mundo tradicional actual, representando respectivamente el Oriente Medio, Extremo Oriente y Oriente Próximo, que son, en su orden y bajo una cierta relación, como los reflejos de los tres aspectos de ese misterioso “Rey del Mundo”, del que justamente René Guénon debía, el primero, dar la definición reveladora, proyectaron los fuegos convergentes de una luz única e indivisible que jamás obra de doctor hubiera manifestado tan íntegra y ampliamente sobre un plano dominando el conjunto de las formas y de las ideas tradicionales.
Fuera de su veracidad intrínseca, la belleza, la majestad y la perfección de ese momento del Intelecto Universal, que es su obra, testifican el don más generoso en su orden y constituyen el milagro intelectual más deslumbrante producido ante la consciencia moderna.
El testimonio del Oriente así ha revestido la forma más prestigiosa y al mismo tiempo la más adecuada, lo que, por otra parte, era la condición de su mayor eficacidad. Es en la consideración de esta presencia transcendental, y al mismo tiempo cercana, que debe reconocerse el espíritu del hombre de Occidente, y tomar consciencia de sus posibilidades de verdad en relación a un orden humano total.
Las ideas fundamentales de este testimonio son los siguientes: en primer lugar y en el orden puramente intelectual y espiritual, la supremacía del conocimiento metafísico sobre todos los demás órdenes de conocimiento, de la contemplación sobre la acción, de la Liberación sobre la Salvación, de la distinción entre vía iniciática e intelectual, de una parte, y vía exotérica, de otra, ésta con su corolario “místico” en la última fase tradicional de Occidente.
Sobre el conjunto del mundo tradicional: la identidad esencial de todas las doctrinas sagradas, la universalidad inteligible del simbolismo iniciático y religioso, y la unidad fundamental de todas las formas tradicionales.
Esta unanimidad tradicional no excluye la existencia de grados diferentes de participación en el espíritu común: éste está mejor representado, y también mejor conservado, por las tradiciones en las que predomina el punto de vista puramente intelectual y metafísico; de ahí, preeminencia normal de Oriente en el orden espiritual. Bajo esta relación hay por tanto normalmente, en ciertos aspectos, una jerarquía y relaciones subsecuentes entre las diferentes tradiciones, como entre las civilizaciones que les corresponden.
El mundo occidental, desde los tiempos que remontan todavía más lejos que el principio de la época llamada histórica, y sean cuales hayan sido las formas tradicionales que lo organizaban, de una forma general había mantenido siempre con Oriente relaciones normales, propiamente tradicionales, reposando sobre un acuerdo fundamental de principios de civilización. Tal ha sido el caso de la civilización cristiana de la Edad Media. Esas relaciones fueron rotas por Occidente en la época moderna, de la cual René Guénon sitúa los comienzos mucho antes de lo que lo hacemos de ordinario, a saber, en el siglo XIV, cuando entre otros hechos característicos de ese cambio de dirección, la Orden del Temple, que era el instrumento principal de ese contacto en la Edad Media cristiana, fue destruida; y es interesante observar que una de las acusaciones que se le hizo a esa Orden fue precisamente el haber tenido relaciones secretas con el Islam, relaciones de la naturaleza de las que se hacía, por otra parte, una idea inexacta, pues ellas eran esencialmente iniciáticas e intelectuales. Ese estado de cosas se ha ido agravando a medida que la civilización occidental perdía sus carácteres tradicionales hasta convertirse en, lo que es en la época presente, una civilización completamente anormal en todos los ámbitos, agnóstica y materialista en cuanto a los principios, negativa y destructiva en cuanto a las instituciones tradicionales, anárquica y caótica en cuanto a su constitución propia, invasora y disolvente en cuanto a su papel hacia el conjunto de la humanidad: el mundo occidental después de haber destruido su propia civilización tradicional, se ha girado “tanto brutalmente como insidiosamente” contra toda orden tradicional existente, y especialmente contra las civilizaciones orientales.
Es así que la enseñanza puramente intelectual, expuesta por René Guénon, se completa con una crítica de todos los aspectos del actual Occidente. No tenemos que recordar aquí en qué consiste esa crítica, a la vez profunda y amplia, puesto que no interesa tanto en este tema, y por tanto, esta parte de la obra de René Guénon, ha encontrado generalmente una acogida más fácil, ya que muchos occidentales estaban desilusionados ante el valor de la civilización moderna.
Queremos precisar ahora que, en razón de la función cíclica de René Guénon, las diversas situaciones examinadas por él, en cuanto al estado de Occidente, en el momento en que su civilización haya alcanzado el punto en que se pare, pueden ser legítimamente unidas a la reacción que la intelectualidad occidental tendrá ante su obra. Es en efecto por el lado intelectual que el enderezamiento de la mentalidad general podría realizarse, y la obra de René Guénon se dirige exclusivamente a esos que son capaces, principalmente, de comprender las verdades de los principios, a continuación sacar las consecuencias que se imponen.
La intelectualidad occidental contemporánea asume así, de una manera lógica, una dignidad y una responsabilidad representativas. A propósito de eso nos hace falta recordar que, desde su primer libro publicado en 1921, Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes (conclusión), René Guénon había formulado tres hipótesis principales en cuanto a la suerte de Occidente.
La primera, “la más desfavorable es la de que nada vendrá a remplazar esta civilización, y que desapareciendo ésta, Occidente, entregado por otra parte a él mismo, se encontraría sumergido en la peor de las barbaries”.
Después de haber subrayado la posibilidad, él concluía que “no es útil insistir más tiempo para que nos demos cuenta de todo lo que tiene de inquietante esta primera hipótesis”.
La segunda, sería la que “los representantes de otras civilizaciones, es decir, los pueblos orientales, para salvar el mundo occidental de esta decadencia irremediable, se le asimilasen de buen grado o forzados, suponiendo que eso fuese posible y que por otra parte Oriente consintiese en su totalidad o en algunos de sus componentes.
“Esperemos —decía— que nadie esté lo bastante cegado por los prejuicios occidentales para no conocer cuanto esta hipótesis sería preferible a la precedente: habría seguramente, en tales circunstancias, un periodo transitorio ocupado por revoluciones étnicas bastante penosas, del que es difícil hacerse una idea, pero el resultado final sería capaz de compensar los daños causados, fatalmente, por semejante catástrofe; pero Occidente debería renunciar a sus características propias y así se encontraría absorbido pura y simplemente”.
“Es por lo que —decía a continuación René Guénon— conviene considerar un tercer caso como mucho más favorable desde el punto de vista occidental, aunque equivalente, a decir verdad, desde el punto de vista del conjunto de la humanidad terrestre, puesto que si llegara a realizarse, el efecto sería hacer desaparecer la anomalía occidental, no por la supresión como en la primera hipótesis, pero, como en la segunda, por el regreso a la intelectualidad verdadera y normal; pero ese regreso, en lugar de ser impuesto y forzado, o como mucho aceptado y padecido, entonces sería efectuado voluntariamente y de manera espontánea”.
En la continuación de su planteamiento, René Guénon volvía sobre esas tres hipótesis “para marcar más precisamente las condiciones que determinarían la realización de una u otra de ellas”. “Todo depende evidentemente —precisaba— del estado mental en el que se encontrase el mundo occidental en el momento en que alcanzaría el punto de parada de su civilización actual”.
“Si este estado mental estuviera entonces tal como es el de hoy, es la primera hipótesis que debería realizarse necesariamente, puesto que no habría nada que pueda remplazar lo que renegaríamos, y que, por otra parte, la asimilación por otras civilizaciones sería imposible, la diferencia de las mentalidades llegando hasta la oposición.
Esta asimilación, que responde a nuestra segunda hipótesis, supondría como condiciones mínimas la existencia en Occidente de un núcleo intelectual, aunque formado solamente por una elite poco numerosa, pero fuertemente constituido para suministrar el intermediario indispensable para devolver la mentalidad general, imprimiéndole una dirección que no tendría, por otra parte, necesidad de ser consciente para la masa, hacia las fuentes de las verdaderas intelectualidades.
Desde que se considera como posible la suposición de una detención de civilización, la constitución previa de esta elite aparece pues como la única capaz de salvar el Occidente, en el momento querido, del caos y de la disolución; y, por lo demás, para que se interesen en el destino de Occidente los poseedores de las tradiciones orientales, sería esencial enseñarles que, si sus apreciaciones más severas no son injustas hacia la intelectualidad occidental, enfocada en su conjunto, puede haber por lo menos honorables excepciones, indicando que la decadencia de esta intelectualidad no es absolutamente irremediable.
Hemos dicho que la realización de la segunda hipótesis no estaría exenta, transitoriamente por lo menos, de ciertas facetas nefastas, en cuanto el papel de la elite se reduciría a servir de punto de apoyo a una acción en la que Occidente no tendría la iniciativa, pero ese papel sería otro si los acontecimientos le dejaran el tiempo de ejercer tal acción directamente y por ella misma, lo que correspondería a la posibilidad de la tercera hipótesis. Podemos concebir, en efecto, que la elite intelectual, una vez constituida, actúe de alguna manera como un ‘fermento’ en el mundo occidental, para preparar la transformación que, siendo efectiva, le permitiría tratar, si no de igual a igual, al menos como una fuerza autónoma, con los representantes autorizados de las civilizaciones orientales”.
En cuanto a la forma en la que podemos entender la influencia ejercida por la elite, Guénon daba más tarde en Oriente y Occidente, algunas precisiones que es bueno recordar aquí, con el fin de impedir que nos detengamos en representaciones demasiado toscas. La elite, trabajando para ella misma, “trabajará también necesariamente para el Occidente en general, pues es imposible que una elaboración como esa de la que se trata, se efectúe en un medio cualquiera sin producir, tarde o temprano, modificaciones considerables”.
“Además, las corrientes mentales están sometidas a leyes perfectamente definidas, el conocimiento de esas leyes permite una acción mucho más eficaz que el uso de medios empíricos; pero aquí, para llegar a la aplicación y realizarla en toda su amplitud, hace falta poder apoyarse en una organización fuertemente constituida, lo que no quiere decir que, resultados parciales, ya apreciables, no puedan ser obtenidos antes de que lleguemos a ese punto.
A pesar de lo defectuosos e incompletos que sean los medios de los que disponemos, hace falta, sin embargo, comenzar por meterlos en obra tal cual, sino no se llegará jamás a adquirir medios más perfectos; y añadiremos que la más mínima cosa cumplida en conformidad armónica con el orden de los principios lleva virtualmente en sí posibilidades en las que la expresión es capaz de determinar las más prodigiosas consecuencias, y eso en todos los dominios, a medida que sus repercusiones se extiendan en ellos según su aparición jerárquica y por vía de progresión indefinida” (op. cit., p. 184-185).
Estamos obligados a limitar en lo esencial nuestras citaciones, y hará falta referirse al texto íntegro de los capítulos que recordamos aquí, así como a La crisis del mundo moderno y al Reino de la cantidad, para tener los otros aspectos que comprende todavía la realización de una o de otra de esas tres hipótesis. Lo que hay que retener, para nuestro propósito, es que, es alrededor de la idea de una elite intelectual, donde se encuentra toda la cuestión del destino futuro del Occidente.
Es a tal entidad espiritual y humana que incumbe realizar el restablecimiento de Occidente en la Tradición, en una medida o en otra, así como establecer el acuerdo sobre los principios con el Oriente tradicional.
Es eso mismo, diríamos, lo que une las perspectivas espirituales, y en general tradicionales, de Occidente a la enseñanza de René Guénon, pues de hecho es en su obra donde se encuentra el punto de partida de un despertar intelectual y la inspiración de todo el trabajo por cumplir a continuación.
La exposición de ciertas concepciones debe permitir primeramente, a los elementos posibles de la elite, de tomar consciencia de ellos mismos y de lo que les sea necesario. La formación mental propiamente dicha debe comenzar por la adquisición de un conocimiento teórico de los principios metafísicos: es el estudio de las doctrinas orientales que debería permitir eso, y René Guénon llegaba, con toda la serie de sus exposiciones, principalmente de las doctrinas hindúes, a suscitar y aclarar este estudio del que podía resultar la asimilación por la elite en formación de los modos esenciales del pensamiento oriental. Recordemos aquí que la elite occidental, para ser tal, debía mantenerse vinculada a las formas tradicionales occidentales: es así como ella no podía hacer lo que él llamaba “una asimilación de segundo grado” de la enseñanza oriental (1).
Es así que se manifestaba el primer modo del apoyo que Oriente ofrecía a Occidente; es el periodo que René Guénon designaba como el de la “ayuda indirecta” o de las “inspiraciones”: “Esas inspiraciones —decía él— no pueden ser transmitidas más que por influencias individuales sirviendo como intermediarias, no por una acción directa de organizaciones que, salvo trastornos imprevistos, no comprometerán jamás su responsabilidad en las preocupaciones del mundo occidental” (Oriente y Occidente, p. 179).
Y él añadía esto que le concernía a él mismo antes que a cualquier otro: “Esos que han asimilado directamente la intelectualidad oriental no pueden pretender más que jugar ese papel de intermediario del que hablábamos hace un momento; de hecho, a consecuencia de esta asimilación, están demasiado cerca de Oriente para hacer más; ellos pueden sugerir ideas, exponer concepciones, indicar lo que convendría hacer, pero no tomar la iniciativa por ellos mismos, de una organización que, viniendo de ellos, verdaderamente no sería occidental” (ibid.).
Señalaremos de vez en cuando este aspecto característico de la función de René Guénon, pues algunos podrían estar tentados en ver en él nada más que un simple autor de libros teóricos: primero, el hecho de que sus escritos correspondan precisamente en un grado cualquiera, en “inspiraciones” procedentes de fuerzas espirituales de Oriente y expresándose a través de sus posibilidades y su influencia personal, muestra que éstos tienen, no solamente en su substancia doctrinal, sino incluso en su primera intención, un punto de partida que no está situado en la simple comprensión intelectual, y en el deseo individual de hacer participar a los otros en esta comprensión, ni en las solas solicitaciones del medio y la presión de las circunstancias; a continuación su papel no era solamente de hacer ponencias doctrinales, sino que también, como lo decía él mismo, “sugerir ideas” e “indicar lo que convendría hacer”, y nosotros sabemos muy bien que, de hecho, ejerció en ese sentido una actividad muy amplia que no es revelada más que indirectamente y parcialmente por sus libros cuando anotaba los elementos que podrían interesar a sus lectores en general.
Para volver a lo concerniente a las relaciones de la elite con Oriente, el segundo periodo del apoyo que debía recibir es llamado por René Guénon el de “el apoyo directo”: supone la elite ya constituida en una organización “capaz de entrar en relación con las organizaciones orientales que trabajan en el orden intelectual puro, y recibir de éstas, para su acción, la ayuda que puedan procurar fuerzas acumuladas desde tiempo inmemorial” (op. cit., p. 201).
“Cuando un primer trabajo de asimilación habrá sido cumplido, nada se opondría a lo que la elite misma (puesto que es de ella de quien debe venir la iniciativa), llamara, de una forma más inmediata, a los representantes de las tradiciones orientales; y éstos encontrándose interesados por la suerte de Occidente por la presencia de esta elite, no dejarían de responder a esta llamada, pues la única condición que ellos exigen es la comprensión... Es en el segundo período que el apoyo de los orientales podría manifestarse efectivamente” (op. cit., p. 203).
“En este periodo que es el de “acción efectiva”, la elite debe realizar adaptaciones a la condición occidental; no es cuestión de considerar así la substitución de una tradición por otra, y para lo que es la tradición religiosa de Occidente, se trata solamente de la añadidura del elemento interior que le hace, actualmente, falta, pero que puede muy bien superponerse sin que nada cambie exteriormente” (op. cit., p. 195).
“No es más que si Occidente se mostrase definitivamente impotente para volver a una civilización normal que una tradición extranjera le podría ser impuesta; pero entonces no habría fusión, puesto que nada específicamente occidental ya subsistiría; y no habría substitución tampoco, pues, para llegar a tal extremo, haría falta que Occidente hubiera perdido hasta el último vestigio del espíritu tradicional, a excepción de una pequeña elite sin la que, al no poder siquiera recibir esta tradición extranjera, se hundiría inevitablemente en la peor barbarie” (op. cit., p. 199).
Resumiendo las relaciones posibles en la mejor hipótesis entre Oriente y Occidente, René Guénon, precisaba todavía: “Se trata entonces, no de imponer a Occidente una tradición oriental, en la que las formas no corresponden a su mentalidad, sino de restaurar una tradición occidental con la ayuda de Oriente, ayuda indirecta primero, directa a continuación; o, si queremos, inspiración en el primer periodo, apoyo efectivo en el segundo... En cuanto Occidente esté de nuevo en posesión de una civilización regular y tradicional, el papel de la elite deberá continuar: será entonces por lo que la civilización occidental comunicará de una forma permanente con las otras civilizaciones, ya que tal comunicación no puede establecerse y mantenerse más que por lo más elevado en cada una de ellas... En otros términos, haría falta que Occidente llegase finalmente a tener representantes en lo que está designado simbólicamente como el ‘centro del mundo’, o por otra expresión equivalente (lo que no debe ser comprendido literalmente como indicando un lugar determinado, sea el que sea); pero, aquí, se trata de cosas muy lejanas, demasiado inaccesibles en el presente y sin duda todavía por largo tiempo, para que pueda ser verdaderamente útil en insistir” (op. cit., p. 202).
Ciertamente, esta hipótesis, la más favorable para Occidente, la de una restauración integral de la civilización occidental sobre bases y en formas tradicionales propias, era la menos probable, y René Guénon jamás se ha hecho muchas ilusiones al respecto, y si pretendía tal hipótesis, era de alguna manera por principios, para no limitar ninguna posibilidad y no desalentar ninguna esperanza; todo esfuerzo en este sentido, teniendo, de todas formas, resultados en otro orden, y primeramente para la misma elite. Pero en la reedición en 1948 de Oriente y Occidente, explicando, en un addendum, la agravación del desorden general y después de haber redicho que “el único remedio consiste en una restauración”, él constataba que “por desgracia, desde ese punto de vista, las posibilidades de una reacción viniendo de Occidente mismo, parecería disminuir cada día más, pues lo que subsiste como tradición en Occidente está cada vez más afectado por la mentalidad moderna, y, por consiguiente, cada vez menos capaz de servir de base sólida a tal restauración; así que sin apartar ninguna de las posibilidades que puedan todavía existir, parece más probable que nunca que Oriente tenga que intervenir más o menos directamente, de la manera que hemos explicado, si esta restauración debe realizarse algún día. Si Occidente posee todavía en él mismo los medios de volver a su tradición y de restaurarla plenamente, es a él a quien le corresponde demostrarlo”.
“En la espera, estamos obligados a declarar que hasta aquí no hemos advertido el menor índice que nos autorizaría a suponer que Occidente, abandonado a su suerte, sea realmente capaz de cumplir esta tarea, con cualquier fuerza que se imponga a él la idea de su necesidad”.
Por estas conclusiones que formulan la probabilidad de que Oriente intervenga “más o menos directamente en la restauración occidental”, Guénon evocaba evidentemente la segunda hipótesis formulada por él, esa donde “los pueblos orientales para salvar el mundo occidental de esta decadencia irremediable, se le asimilaría de buen grado o a la fuerza, suponiendo que la cosa fuese posible, y que por otra parte Oriente consienta en su totalidad o en algunas de sus partes componentes”, y esto, recordémoslo, implicaría “la renuncia de Occidente a sus carácteres propios”. El mínimo de condiciones de esta hipótesis sería, no obstante, “la existencia en Occidente de un núcleo intelectual, incluso formado solamente por una elite poco numerosa, pero fuertemente constituida para formar el intermediario indispensable para restablecer la mentalidad general”.
Pero en ese caso “el papel de la elite se reduciría a servir como punto de apoyo a una acción en la que Occidente no tendría la iniciativa”. A este respecto, podríamos hacer notar que varias eventualidades pueden ser consideradas en el interior de la segunda hipótesis en función de los factores que deben intervenir: de un lado la importancia o la efectividad de la elite occidental; por otro, los pueblos orientales y las organizaciones que pudieran encontrar un interés en una restauración occidental.
Esas eventualidades están expresadas, en un cierto sentido, por las modalidades de esta asimilación que sería hecha, sea “de buen grado”, lo que implica un consentimiento occidental, por lo menos en sus elementos étnicos más importantes, sea “a la fuerza”, lo que supone una resistencia más o menos generalizada. Por otra parte, y sobre todo en este último caso, hay todavía que considerar la posibilidad de que la asimilación afecte al conjunto occidental o solamente a una parte; los pueblos orientales en juego, pudiendo emprenderlo solamente en la medida en que estimarán que eso corresponde a su propio interés, para el resto contentándose, puede ser, en tomar algunas medidas de seguridad del orden establecido, lo que quiere decir también que, en ese caso, partes de Occidente podrían caer en una situación correspondiente a la primera hipótesis, la que enunciaba un estado de pura y simple barbarie.
Si consideramos esas diferentes eventualidades secundarias, es para hacer comprender que la denunciación de una probabilidad de la segunda hipótesis no implica forzosamente la realización de los mejores aspectos de esta, y que incluso no excluye algunas posibilidades de la primera, todo esto dependiendo de la capacidad que tendría esta elite de servir como punto de apoyo a la acción oriental.
Hasta aquí nos hemos mantenido en los términos más generales hablando de las posibilidades del restablecimiento tradicional de Occidente. Nos falta considerar ahora esas posibilidades según los puntos de apoyo que los elementos occidentales que tendrían que cumplir ese trabajo de restauración, con ayuda del conocimiento de las doctrinas orientales, podrían encontrar en el mundo occidental mismo.
Primero hay que decir que si hubiera habido en Occidente por lo menos un punto donde se hubiese conservado íntegramente el espíritu tradicional, hubiéramos podido ver en ello un motivo de confiar en que Occidente cumpliese un regreso al estado tradicional “por una especie de despertar espontáneo de posibilidades latentes”; es el hecho que tal persistencia le parecía, a pesar de ciertas pretensiones, “extremadamente dudosas”, que autorizaría a René Guénon a considerar un modo nuevo de constitución de una elite intelectual, y de hecho no ha llegado nada hasta el presente para invalidar su posición inicial. Para constituirse, la elite en formación tenía interés en tomar un punto de apoyo en una organización que ya existía efectivamente.
En cuanto a organizaciones de carácter tradicional, todo lo que Occidente todavía guarda, son en el orden religioso, la Iglesia católica, y en el orden iniciático, algunas organizaciones en un estado avanzado de degradación. Por tanto bajo la relación doctrinal, sólo la primera podría ser considerada como una base posible de enderezamiento de conjunto para el mundo occidental, y Guénon decía por tanto en La crisis del mundo moderno: “Parece ser que no hay más que una sola organización en Occidente que posee un carácter tradicional y que conserva una doctrina susceptible de suministrar al trabajo del que se trata una base apropiada: es la Iglesia católica. Bastaría restituir en la doctrina de ésta, sin cambiar nada en la forma religiosa bajo la que se presenta al exterior, el sentido profundo que tiene realmente en ella misma, pero cuyos representantes actuales parecen no tener consciencia, tampoco de su unidad esencial con las otras formas doctrinales parecen no tener consciencia; las dos cosas, por otra parte, son inseparables una de la otra. Esto sería la realización del Catolicismo en el verdadero sentido de la palabra, que, etimológicamente, expresa la idea de “universalidad”, lo que olvidan un poco, demasiado, los que quisieran no hacer de él más que la denominación exclusiva de una forma especial puramente occidental, sin ningún lazo efectivo con las otras tradiciones” (op. cit., 128-129).
En cuanto a esta cuestión que es evidentemente primordial, puesto que el acuerdo buscado en los principios con Oriente la pone antes que otras, él decía ya, en Oriente y Occidente:
“El acuerdo, esencialmente sobre los principios, no puede ser verdaderamente consciente más que por las doctrinas que encierran al menos una parte de metafísica o de intelectualidad pura: no lo es para esas que están limitadas estrictamente a una forma particular, por ejemplo a la forma religiosa. Sin embargo, este acuerdo existe realmente en parecido caso, en ese sentido que las verdades teológicas pueden ser observadas como una traducción, desde un punto de vista especial, de ciertas verdades metafísicas; pero para hacer surgir este acuerdo, hace falta entonces efectuar la transposición que restituya a esas verdades su sentido profundo, y solo el metafísico puede hacerlo, porque se coloca más allá de todas las formas particulares y de todos los puntos de vista especiales.
Metafísica y religión no están y no estarán nunca en el mismo plano; de ello resulta, por otra parte, que una doctrina puramente metafísica y una doctrina religiosa no pueden hacerse la competencia ni entrar en conflicto, puesto que sus dominios son netamente diferentes”.
Pero, por otra parte, resulta también que la existencia de una doctrina únicamente religiosa es insuficiente para permitir establecer una armonía profunda como en la que nosotros pensamos cuando hablamos de la aproximación intelectual de Oriente y Occidente; es por lo que hemos insistido sobre la necesidad de cumplir, en primer lugar, un trabajo de orden metafísico, y sólo después la tradición religiosa de Occidente, revivificada y restaurada en su plenitud, podría volverse utilizable en este caso, gracias a la añadidura del elemento interior que actualmente le falta, pero que bien puede llegar y sobreponerse sin que nada sea cambiado exteriormente” (op. cit., pp. 194-195).
Una observación se impone aquí. Guénon consideraba en sus escritos sobre todo las posibilidades tradicionales del mundo que cubría en otro tiempo la forma católica del cristianismo, o en todo caso, éste donde existe actualmente, es decir, las posibilidades de un Occidente limitado. Pensaba menos en el mundo ortodoxo y, de una forma general, en todo lo que quedaba fuera del medio de la Iglesia latina: y sabemos personalmente que tenía por esta parte impresiones sensiblemente diferentes de las que él guardaba para el catolicismo. Es así como en su artículo “Cristianismo e Iniciación” (Études Traditionnelles, sep.-dic., 1949), hablando de la substitución en Occidente moderno del “misticismo” en la iniciación, decía en una nota: “No queremos decir que ciertas formas de iniciación cristiana no se hayan continuado más tarde, puesto que tenemos incluso razones para pensar que subsiste todavía algo actualmente, pero eso en medios tan limitados que, en efecto, podemos considerarlo como prácticamente inaccesibles, o bien, como vamos a decirlo, en ramificaciones del cristianismo aparte de la Iglesia latina”.
A continuación decía, efectivamente, en el cuerpo del artículo referente a la substitución en cuestión: “Lo que decimos aquí no se aplica por otra parte más que a la Iglesia latina, y lo que es muy notable también, es que, en las Iglesias de Oriente, no ha habido nunca misticismo en el sentido como lo entendemos en el cristianismo occidental desde el siglo XVI; ese hecho puede dar que pensar que una cierta iniciación del género de las que hacemos alusión ha debido mantenerse en esas Iglesias, y, efectivamente, es lo que encontramos con el hesicasmo, cuyo carácter realmente iniciático no parece dudoso, incluso si, aquí como en otros casos también, ha sido más o menos empequeñecido en el curso de los tiempos modernos, por una consecuencia de las condiciones generales de esta época, a la que sólo pueden escapar las iniciaciones que están extremadamente poco difundidas, que ellas lo hayan sido siempre o que ellas hayan decidido voluntariamente ‘encerrarse’ más que nunca para evitar toda degeneración”.
De hecho, toda la cuestión del mundo ortodoxo es bien diferente de la del mundo católico. Excepción hecha para Rusia, que había sufrido por su parte desde el siglo XVII las enojosas consecuencias de sus contactos con Occidente propiamente dicho, el modernismo no ha afectado más que desde hace un siglo la mentalidad y las instituciones ortodoxas; ese hecho ha sido por otra parte, la consecuencia inmediata de la disolución del antiguo imperio turco al abrigo del que se encontraban en suma con la única excepción rusa, todas las Iglesias de Oriente.
La formación en esas regiones de los estados nacionales a la moda democrática occidental fue pronto seguida por la constitución de las Iglesias autocéfalas nacionales que disociaron la unidad ortodoxa y libraron sus diferentes fracciones debilitadas a la influencia moderna.
Podemos observar que la situación de esta Cristiandad oriental se parece mucho a la del Islam en las mismas regiones. Su cuadro histórico y el de su civilización quedan sensiblemente siendo el mismo desde la Edad Media hasta el siglo XIX: es de Occidente propiamente dicho que debía venir el espíritu antitradicional para sacudir violentamente y finalmente sumergir un mundo de civilización tradicional mixta, islámica y cristiana, que había constituido también hasta aquí una barrera protectora del conjunto de Oriente.
Por todas esas razones, a pesar de la extensión del desorden moderno en todo el mundo ortodoxo y cristiano oriental en general, las condiciones del clima espiritual y de mentalidad se han mantenido un poco particulares, y eso permite pensar que, por esta parte, las modalidades de una restauración futura serán diferentes en cierta medida, sea cual sea, por otra parte, el alcance cualitativo que podríamos atribuir a esta diferencia.
Para volver al lado propiamente occidental, en la hipótesis que la base considerada sería irrealizable en la Iglesia católica, Guénon decía que “la elite, para constituirse, no tendría más que contar con el esfuerzo de los que serían aptos, por su capacidad intelectual fuera de todo medio definido, y por supuesto, sobre el apoyo de Oriente; su trabajo resultaría más difícil y su acción podría ejercerse a más largo plazo, puesto que tendría que crear ella misma todos los instrumentos en lugar de encontrarlos ya preparados como en el otro caso; pero no pensamos que esas dificultades, tan grandes como puedan ser, impidan lo que debe ser cumplido de una forma o de otra” (La crisis del mundo moderno).
Y estimaba oportuno declarar en esta fecha, en 1927, lo siguiente: “Hay desde ahora, en el mundo occidental ciertos índices de un movimiento que queda todavía impreciso, pero que puede y debe incluso normalmente acabar en la reconstrucción de una elite intelectual, a menos que un cataclismo venga demasiado rápido para permitirle desarrollarse hasta el final. Apenas es necesario decir que la Iglesia tendría interés, en cuanto a su papel futuro, en adelantar de alguna manera un tal movimiento antes que dejarlo cumplirse sin ella y de estar forzada a seguirle más tarde para mantener una influencia que amenazaría de escapársele...” (op. cit., p. 130).
Antes de señalar un punto en particular que concierne a ciertas necesidades en las que podría encontrarse pronto la Iglesia católica, y que René Guénon formuló de una forma muy especial, podemos preguntarnos cual ha sido hasta aquí el efecto de su enseñanza y del conocimiento de las doctrinas orientales sobre la intelectualidad católica. No podremos hacer aquí un examen propiamente dicho de esta cuestión, pues queremos solamente fijar ciertas constataciones que tienen su interés en este momento.
Ante todo, si muchos de los católicos, que han conocido los escritos de Guénon, han adquirido de esa forma una verdadera comprensión de lo que es el espíritu oriental y en general tradicional, no parece verdaderamente que haya habido un cambio, no importa cual, desde el lado “representativo de la misma Iglesia. De esta parte, y más precisamente en ciertos medios que ejercen una influencia intelectual importante sobre los dirigentes, hemos visto constituirse muy pronto, y solidamente, una posición doctrinal netamente ‘antioriental’, que no tiene siquiera los carácteres naturales de la habitual incomprensión exoterista, puesto que ella se hace remarcar al mismo tiempo por los rasgos de un modernismo acentuado. Estos son los medios donde la especulación filosófica tiene el papel de la intelectualidad propiamente dicha, donde la ciencia profana y sus métodos ejercen una autoridad indiscutible, y por los que la Iglesia tiene que integrar todos los aspectos de la civilización moderna: es así, entre otras cosas, que nos esforzamos en anexionar el prestigio de toda concepción nueva, desde las teorías filosóficas como el intuicionismo bergsoniano, o como cierto ‘existencialismo’ que quieren presentar como un recurso doctrinal cristiano hasta los métodos más subversivos y propiamente infernales como el psicoanálisis. Este trabajo de asimilación de todas las producciones del individualismo moderno está incluso considerado como derivando de la actualidad permanente y de la universalidad de la Iglesia, mientras que él se explica precisamente por el olvido de lo que realmente hace esos carácteres: pues la actualidad permanente, que es intemporalidad y actividad inmutable de la verdad revelada, no tiene nada que ver con una actitud que se acomoda del evolucionismo y del relativismo del pensamiento moderno, que sea racionalista o intuicionista, u otra, y la universalidad, que es limitación y síntesis espiritual, no tiene nada de común con el empirismo y el materialismo de la ciencia no-tradicional, ni con una indiferencia a todo lo que separa lo sagrado de lo profano”.
Por contra, la obra tradicional y antimoderna de René Guénon, han tenido una acogida marcada principalmente por la sospecha, luego por la hostilidad; se buscó incluso la alianza, muy natural, por otro lado, en esas condiciones, de orientalistas cuya competencia debía tener como papel poner en duda todo carácter no-humano en las doctrinas espirituales de Oriente, y toda concordancia real entre las doctrinas tradicionales en general. Reconoceremos en la diferencia de reacción ante las teorías modernas de un lado, y la enseñanza tradicional de Guénon del otro, la significación exacta de esta posición intelectual que quieren dar como “católica”.
La síntesis espiritual formulada por Guénon fue así tratada de “sincretismo” y el sentido universal de su intelectualidad declarado incompatible con la enseñanza cristiana. Pero con el desarrollo implacable de la función del testigo de Oriente, la autoridad de sus escritos como las ideas que él presentaba se impuso lentamente, pero firmemente: se hizo entonces evidente que era más prudente ignorarlo. Y ahora que, a pesar de todo, buen número de católicos como occidentales en general, deben la calidad actual de su consciencia tradicional al estudio de sus libros, y que su prestigio parece verdaderamente innegable, si nos decidimos a tomar acta de esta presencia intelectual, no es a la verdad de las ideas que él ha enseñado, ni al espíritu que él ilustraba que haremos un homenaje, pero, como mucho, incluso esto, fue en el fondo, bastante raro, en el caso individual de un escritor muy “original”, impresionante también por la estabilidad y la coherencia inhabituales de su ideología; por tanto su “originalidad” es, ante todo, el efecto extraño que hace la verdad en medio de la ignorancia, y en cuanto a la estabilidad de sus ideas, es la consecuencia de su inspiración no-humana y supra-individual.
Si consideramos ahora de más cerca la impresión que tenemos, del mismo modo, para las doctrinas espirituales de Oriente, nos encontramos en presencia de una “contra-doctrina”, cuya función es de enturbiar todo estudio inteligente, y de desalentar toda esperanza de acercamiento real entre la Iglesia Católica y las tradiciones orientales.
Así, si de una forma general, damos una cierta importancia al lado doctrinal de las otras civilizaciones, ello es concebido en un sentido que aspirará siempre a la negación de toda similitud o identidad esencial con las doctrinas cristianas, por ello de toda unidad entre las diferentes formas tradicionales: las concordancias doctrinales y las analogías simbólicas, cuando estamos obligados a reconocerlas, les atribuimos simplemente a una cierta unidad natural del pensamiento humano; también el carácter indiscutible de las doctrinas no-cristianas, más especialmente las del Hinduismo y del Islam, son la expresión de una “mística natural” a la que se opone una “mística sobrenatural” del Cristianismo, ella misma concebida por otra parte en un sentido individualista y sentimental; la realización metafísica, que no llegamos a ver tampoco en el aspecto más alto del Cristianismo incluso, es tratada de “panteísmo”, y, al mismo tiempo, los elementos puramente intelectuales que pueden parecerse un poco en su expresión a las concepciones del misticismo moderno, están reducidas a las categorías especiales de éste, por una forma de proceder que Guénon ha calificado, con toda razón, de “anexionismo” y que debe permitir subordinar y bajar el prestigio de todo lo que es no-cristiano.
Además, en lo que concierne la tradición católica misma, no vemos verdaderamente que se haya comprendido que el orden religioso existente es puramente exotérico y como tal insuficiente para tener una tradición completa y normal.
Cuando se trata del dominio iniciático y metafísico, no concebimos otra cosa que el “misticismo”, y cuando ya no podemos negar siempre, contra toda evidencia, que ha habido un esoterismo cristiano, lo consideramos bien sea como aplicándose a las realidades que no tienen nada de profundo, bien sea como una simple prolongación de las posibilidades normales de el orden religioso común, es decir, el exoterismo (2). Pero es cuando se trata de la interpretación de las doctrinas y de los métodos hesicastas que la incomprensión y la hostilidad alcanzan las formas más inesperadas, que confinan en la impiedad misma; eso ciertamente, entre otras cosas, porque se trata de algo que pertenece a la Ortodoxia y del cual el Catolicismo moderno ha perdido desde hace tiempo el equivalente. Por tanto, cuando se trata de desarrollo intelectual, habíamos podido creer que la comprensión debe ser más fácil para cosas que no ponen de ningún modo en cuestión dogmas religiosos. ¿Qué podemos esperar, en esas condiciones, en cuanto a la transposición intelectual y metafísica de los dogmas y de la enseñanza teológica, en vista de alcanzar la universalidad desde el punto de vista doctrinal, y llegar a un acuerdo de principios con Oriente?
Pero podrían hacernos aquí algunas objeciones de método que, por otra parte, apuntarían a la tesis de Guénon mismo.
Nos dirán así que no es a las autoridades religiosas, exotéricas por definición, ni a los teólogos u otros intelectuales ordinarios, que incumbe realizar esta comprensión doctrinal y el acuerdo sobre los principios de los cuales se tratan, y que por los demás, en los mejores tiempos de la Edad Media, cuando este acuerdo existía, no es la autoridad religiosa, ni los teólogos ordinarios, quienes participaban directamente y que debían profesarlo abiertamente. Estas observaciones son justas, pero no corresponden a la situación que tenemos en mente, y ello por varias razones.
Primero, la posición doctrinal modernista y antioriental de la que hablamos, juega incluso, en una cierta medida, sobre el plano contingente de los estudios teóricos donde aparece en primer lugar la obra misma de Guénon, y de ese hecho esta posición influye en la mentalidad católica en general; muchos de los que estarían dispuestos, de otro modo, a abordar una enseñanza tradicional de inspiración oriental, se encuentran turbados y apartados.
Por otro lado, cuando vemos con qué prisa y facilidad acogen, así como lo decimos, toda clase de concepciones modernas que nada justifica, ni desde el punto de vista intelectual, ni desde un punto de vista “católico” incluso limitado, y que por ello, evidentemente, tampoco podemos invocar un argumento de analogía con lo que pasó en la época de las mejores condiciones tradicionales, por tanto estamos bastante justificados en tomar nota de ciertas reacciones a título de tendencia significativa de orden general, tanto más que las manifestaciones católicas de sentido contrario son casi inexistentes.
En fin, no es difícil admitir que las condiciones en las que están expuestas actualmente ciertas cuestiones, no tienen nada en común con una situación normal, y que no es posible no tenerlas en cuenta en una cierta medida; en nuestros días, se discute de todo y en todos lados, la indiferencia casi general, en cuanto al fondo de las cuestiones, y la libertad de opinión corriente que vemos, por otra parte, ejercerse en el modernismo católico, hacen que cuestiones que, normalmente, no podrían ser abordadas más que en condiciones estrictamente determinadas, y por aquellos que solamente tendrían las cualificaciones requeridas para hacerlo, de hecho están al alcance y en la discusión de los medios y de las categorías más diversas: es así que, nociones que estaban unidas antaño, en el Cristianismo premoderno, a una enseñanza secreta de carácter estrictamente iniciático, como esas, por ejemplo, que se refieren a la realización suprema y a la unidad fundamental de las formas tradicionales, circulan, sin embargo, bajo formas a menudo incorrectas (puesto que ellas no han sido siempre enunciadas por personas realmente competentes), al lado de todas las aberraciones intelectuales del mundo actual, y es, por otra parte, esta confusión y esta indiferencia real de la mentalidad general que permiten y justifican la publicación, hoy día, de las doctrinas verdaderas, pues por otro lado no habría, puede ser, ninguna posibilidad de alcanzar a los que tienen reales posibilidades espirituales, pero que carecen de la orientación necesaria.
Además, reconocemos de buen grado, que no hace falta darle una importancia exagerada a las reacciones de los que no sabrían representar, en todo caso, más que el punto de vista más exterior y las posibilidades intelectuales más comunes, y que es en la actitud de los elementos de elite que hace falta atribuir una importancia real.
Pero éstos, ¿tienen verdaderamente una realidad suficiente para que nos desinteresemos completamente de lo que pasa en el plano general? Pensamos que por esta parte no debe haber, por el momento, más que virtualidades y esperanzas, pues una constitución efectiva de una elite intelectual se traduciría, necesariamente, en cierta medida, al exterior por tendencias diferentes de las de la mentalidad general, y no las vemos apenas hasta ahora.
Basta mirar el ámbito de los estudios tradicionales del Cristianismo para ver cuanto las manifestaciones de una comprensión real de las verdades metafísicas e iniciáticas son raras y bien discretas.
Además, habría incluso que hacer algunas constataciones de un orden más especial que no son alentadoras tampoco. Ciertas posibilidades iniciáticas latentes en el Catolicismo, del que podríamos esperar el despertar, no han tenido consecuencias: se trata de lo que Guénon, que tenía conocimiento desde hacía tiempo, designaba más tarde en sus Apercepciones sobre la Iniciación, con la expresión de “supervivencia posible de algunas agrupaciones de hermetismo cristiano de la Edad Media” (op. cit., p. 40, nota I).
Ahora bien, en tanto que las cosas se mantengan así, tanto en el orden doctrinal como en el orden efectivo, y que una esperanza de enderezamiento subsistiría, será legítimo darle una importancia a las condiciones generales intelectuales de las que depende, en cierta medida, la realización de este enderezamiento. En cambio, si esta esperanza ya no existiera, o si se encontrase reducida a casi nada, y si las perspectivas menos favorables de la “segunda hipótesis”, que hemos examinado anteriormente, parecen deber ser consideradas como probables para el conjunto occidental, habría, tanto o más, interés en subrayar el carácter representativo general de esas manifestaciones especiales del espíritu moderno y antitradicional, para que una cierta claridad resulte de todo ello.
Tal claridad producirá, aparentemente, mucha desilusión por un lado, pero permitirá también simplificar los esfuerzos y la orientación posible. Por otro lado, no pediríamos tanto a los representantes de la Iglesia para pronunciarse sobre cuestiones que están fuera de sus atributos normales; eso sería ya demasiado, en las condiciones actuales, si ellos ejercieran esos atributos con respecto a la mentalidad modernista en las que las fechorías son de orden general y van también contra los intereses, incluso, de orden puramente religioso de la Iglesia. Si, aparte de esto, entre los miembros de la jerarquía católica, se encontrasen algunos cuyas capacidades y convicciones aventajaran el orden religioso, y no vemos porqué no sería alguna vez así, creemos que sabrían afirmar su presencia y su punto de vista en cuanto a la orientación espiritual necesaria, pues una reserva excesiva por su parte se giraría contra el derecho e incluso el deber que tienen de vivir en una comunidad espiritual cuya dirección pertenece, no ya a la mentalidad moderna más desconsolada, ni a las supersticiones más groseras, sino al Espíritu de Verdad y a la santidad intelectual.
Pero René Guénon ha hecho saber que, a pesar de todo, ciertos acontecimientos podrían llevar pronto a la Iglesia católica (y nosotros añadiremos igualmente las otras Iglesias), a considerar de una forma muy especial esta cuestión de posición tradicional de la Cristiandad y también las relaciones con las fuerzas espirituales de Oriente en las que ella podrá incluso ver, en un cierto momento, un último apoyo para su existencia puesta en peligro.
He aquí el punto particular que habíamos reservado anteriormente y que comprenderemos mejor ahora después del examen somero que venimos de hacer.
Fue, en 1927, en La crisis del mundo moderno, que fue formulado. Hablando del interés que la Iglesia tendría para adelantarse al movimiento que normalmente debería conducir a la reconstitución de una elite intelectual, “antes que dejarlo cumplirse sin ella y de ser obligada a seguirlo tardíamente para mantener una influencia que amenazaría con escapársele”, René Guénon añadía:
“No es necesario colocarse en un punto de vista muy elevado y difícilmente accesible para comprender que, en suma, es ella [la Iglesia] quien tendría las ventajas más grandes que sacar de una actitud que, por otra parte, bien lejos de exigir por su parte el menor compromiso de orden doctrinal, tendría por el contrario, como resultado, desembarazarse de toda infiltración del espíritu moderno, y por lo que, además, nada sería modificado exteriormente. Sería un poco paradójico ver al Catolicismo integral realizarse sin la cooperación de la Iglesia católica, que se encontraría, puede ser entonces, en la singular obligación de aceptar ser defendida contra los asaltos más terribles que jamás haya sufrido por hombres que sus dirigentes, o al menos esos que dejan hablar en su nombre, primero hubieran buscado desconsiderar, arrojando sobre ellos, la sospecha más mal fundada; y, por nuestra parte, lamentaríamos que así fuera; pero si no queremos que las cosas lleguen a ese punto, es el buen momento, para esos a quienes su situación confiere las más graves responsabilidades, de actuar con pleno conocimiento de causa y de no permitir ya que tentativas que pueden tener consecuencias más importantes, puedan encontrarse detenidas por la incomprensión o la malevolencia de algunas individualidades más o menos subalternas, lo que se ha visto ya, y lo que muestra todavía, una vez más, hasta que punto el desorden reina por todas partes hoy día.
Prevemos bien que nadie nos agradecerá esas advertencias, que damos con toda independencia y de una forma enteramente desinteresada... Lo que nosotros decimos ahora no es más que el resumen de las conclusiones a las que hemos sido conducidos por algunas ‘experiencias’ muy recientes, realizadas, sobra decirlo, en un terreno puramente intelectual; no tenemos, al menos por el momento, que entrar a este respecto en detalles que, por lo demás, serían poco interesantes en si mismos; pero podemos afirmar que no hay, en lo anterior, una sola palabra que hayamos escrito sin haberla reflexionado maduramente” (op. cit., pp. 131-132).
Parece ahora que esas advertencias no han servido de nada, pues las cosas han continuado con el mismo espíritu, y por otro lado es sobre todo, después de esta fecha, que se consolidó y se extendió esta posición “antioriental” y muy modernista de la que hablábamos. El desarrollo de los asuntos occidentales ha agravado todavía la posición de la Iglesia; la inquietud de los peligros próximos crece. En principio, le era ofrecida la ayuda con una solidaridad espiritual con todo lo que es tradicional en el mundo, con el verdadero Oriente, pues la amenaza presente pesa sobre todo lo que queda unido a las verdades santas y a un orden normal, aunque ella pese más particularmente en lo que subsiste todavía de la forma tradicional de Occidente.
La Iglesia hubiera podido tener entre ella y Oriente el nexo de unión de esta elite intelectual propia, cuya formación debería favorecer, si sus dirigentes hubiesen comprendido bien cuál era el verdadero interés de la Iglesia. No tiene, entre ella y Oriente, más que esa barrera de incomprensión y hostilidad, a veces abierta y a veces disimulada, que constituye esta posición antioriental que la aísla con sus propios peligros, y que es la obra de una suerte de “contra-elite”. Hubiera dispuesto, para hacerse comprender, del lenguaje apropiado de un intermediario intelectual consagrado, en el que las verdaderas elites tradicionales y las fuerzas espirituales serían reconocidas sin contradicción y se hubieran conciliado sin abdicación, puesto que la enseñanza expresada por René Guénon es al mismo tiempo una luz intelectual y una fuerza coordinadora.
No tiene ahora más que intérpretes ignorantes e inseguros, en cuya palabra los verdaderos orientales no tendrán ninguna confianza y que no sabrían expresar ninguna verdad reconocible; de todas formas, esos no alcanzarán nunca a los verdaderos representantes de Oriente tradicional que quedarán fuera de sus gestiones; tales intérpretes se entenderían más fácilmente con aquellos que se parecen a ellos en el mundo oriental actual, es decir, con los orientales occidentalizados y modernistas que están, contra su propia civilización, aliados con el Occidente moderno; pero estos últimos no tendrán ninguna cualidad para intervenir en el orden profundo de las cosas que nos interesa aquí, puesto que serán ellos mismos excluidos de todo papel representativo, ni siquiera en el orden más exterior, cuando se efectuará el restablecimiento de las civilizaciones orientales mismas sobre sus propias bases tradicionales. Y cuando nos demos cuenta de la inanidad de la política seguida hasta aquí, será, puede ser, demasiado tarde para “volver al punto por el que se debería, normalmente, haber comenzado, es decir, considerar el acuerdo sobre los principios”. Este acuerdo podría hacerse del lado de Occidente por una elite que habrá sido obligada a constituirse fuera del cuadro de la Iglesia.
En efecto, René Guénon ha examinado, desde el principio, así como lo recordamos más arriba, la eventualidad de que esta constitución se hiciera fuera de todo soporte ofrecido por una organización existente, y fuera de todo medio definido.
Antes de examinar este punto, nos hace falta considerar, a título metódico, aunque secundariamente, otra posibilidad que es la que ofrecen las organizaciones iniciáticas occidentales, existiendo fuera de la forma católica. En este orden, no subsiste, a decir verdad, que poca cosa, a pesar de la pululación actual de toda suerte de organización con pretensiones iniciáticas. A este respecto citemos todavía las precisiones autorizadas de René Guénon que se refiere así al conjunto de los vestigios iniciáticos de Occidente:
“Investigaciones que hemos debido hacer a este respecto, en un tiempo ya lejano, nos han conducido a una conclusión formal e indudable que debemos expresar aquí netamente, sin preocuparnos por el furor que puede correr el riesgo de suscitar en diversas partes; si ponemos a un lado el caso de la supervivencia posible de algunos grupos herméticos cristianos de la Edad Media; por otro lado, extremadamente restringidos en todo caso, es un hecho que, entre todas las organizaciones con pretensiones iniciáticas, que están esparcidas actualmente en el mundo occidental, no hay más que dos que, tan venidas a menos, una y otra, a consecuencia de la ignorancia de sus miembros, pueden reivindicar un origen tradicional auténtico y una transmisión iniciática real; esas dos organizaciones, que por otra parte, a decir verdad, no fueron más que una sola primitivamente y bien que tiene múltiples ramificaciones, son el Compañonaje y la Masonería. Todo el resto no es más que fantasía o charlatanería, incluso cuando no sirve más que a disimular alguna cosa peor...” (Apercepciones sobre la Iniciación, p. 40, nota 1).
Pero, por parte de estas dos organizaciones, las posibilidades de establecer un punto de apoyo para un verdadero enderezamiento intelectual parecen bastante limitadas.
Incluso fuera del hecho que la Masonería, más particularmente, está infestada por la mentalidad moderna más lamentable y por toda suertes de preocupaciones políticas y sociales que la han llevado a jugar demasiado a menudo, sobre todo por sus ramas latinas, un papel de instrumento netamente antitradicional en los acontecimientos de las épocas llamadas “modernas” y “contemporánea”, estas dos organizaciones constituyen normalmente iniciaciones de profesión (exclusivamente masculinas) y como tales tienen carácter esencialmente cosmológico; por consecuencia, no sabrían ofrecer una base apropiada para un trabajo intelectual que debería ser, ante todo, de orden metafísico, para corresponder al objetivo de un enderezamiento por los principios más universales. Es esa, además, la razón por la que Guénon no podía considerar, en Occidente, como organización susceptible de ofrecer el punto de partida deseado, otra que la Iglesia católica, pues la doctrina teológica en su forma escolástica tiene su propio, al menos parcialmente, punto de vista metafísico que, aún no siendo el más elevado posible, al menos es uno. Podríamos decir, no obstante, que, lo mismo que la cosmología puede finalmente tener un punto de contacto con el dominio metafísico, no sería imposible que en un medio masónico constituido sobre bases estrictamente intelectuales, se hiciera la adjunción de un punto de vista metafísico; pero si tal adjunción fuera posible, constituiría, a decir verdad, una superposición en relación a lo que hace propiamente el punto de vista masónico y no un desarrollo normal de las posibilidades de éste. A parte de esto, otra dificultad radica en el hecho de que después de su modernización, que coincide con su “salida” en el plano visible de la historia, es decir, desde el siglo XVIII, la Masonería ha perdido su carácter “operativo” unido al ejercicio efectivo de la profesión, para no tener más que un punto de vista “especulativo”: así y todo lo que concierne la doctrina y los medios de realización iniciática está por encontrar o por reconstituir, y he aquí una dificultad de primer orden; pero al menos la preocupación de esta reconstitución está sobreentendida en la idea de un despertar intelectual, de forma que el punto de apoyo masónico con las restricciones señaladas y sin ser suficiente el todo, podría ser uno de los factores del enderezamiento tradicional.
De hecho, estos últimos años, ha habido por este lado, un comienzo en este sentido, por la constitución de un medio restringido basado en la enseñanza de René Guénon. Podríamos imaginar entonces ahí un cierto desarrollo, si pudiéramos también aislar el trabajo comenzado de toda intromisión e influencia del medio general, pues en términos generales la situación de la Masonería es peor que nunca, la falta de consciencia tradicional e iniciática, o más bien el espíritu profano, sobrepasando mucho lo que se ve del lado de la Iglesia Católica misma (3).
Pero por fin, para una elite en el pleno sentido de esta noción, René Guénon había considerado como posible, a falta de la base católica, la constitución de una elite, fuera de todo medio definido, porque decía que el punto de apoyo, en una organización existente, no era de una necesidad absoluta. Pero en este caso, la elite tendría que contar solamente “con el esfuerzo de los que estarían cualificados por su capacidad intelectual, y también, por supuesto, con el apoyo de Oriente, de forma que su trabajo resultaría más difícil y su acción sólo podría ejercerse a largo plazo, puesto que tendría que crear ella misma todos los instrumentos...” (La crisis. del mundo moderno, pp. 130-131).
Sobre la forma de como podría hacerse tal constitución, Guénon nunca ha dado muchas precisiones. Para comprender su actitud y su método en este orden de cosas, hace falta recordar lo que decía ya en Oriente y Occidente entonces, incluso antes de que hubiera considerado de una forma especial la posibilidad católica:
“Si demasiados puntos quedan imprecisos, es que no nos es posible hacer de otra manera, y que las circunstancias solas permitirán en adelante elucidarlas poco a poco.
En todo lo que no es pura y estrictamente doctrinal, las contingencias intervienen obligatoriamente, y es de ellas de las que se pueden sacar los medios secundarios de toda realización que supone una adaptación previa... Si en cuestiones como ésta tenemos la preocupación de no decir demasiado ni demasiado poco, es que por una parte queremos hacernos comprender lo más claramente posible y que, sin embargo, por otra parte, debemos reservar siempre algunas posibilidades, actualmente imprevistas, que por las circunstancias podrían aparecer ulteriormente...” (op. cit., p. 181).
En efecto, desde que la parte principal de la obra doctrinal de Guénon apareció, varias orientaciones se han diseñado sucesivamente pero, también paralelamente, entre los que han comprendido su enseñanza y han intentado ponerla en aplicación.
Esas diversas orientaciones han sido fomentadas y ayudadas por Guénon en la medida en que los interesados se han dirigido a él, y, al mismo tiempo, aprovechaba la ocasión para dar una enseñanza especialmente iniciática, bien entendido que de orden general todavía, en una importante serie de artículos en Voile d’Isis, más tarde Études Traditionnelles.
Hay que señalar este otro lado de su enseñanza, pues él también sale del marco de los estudios simplemente teóricos, y entra precisamente en un terreno técnico: diremos incluso que si hay ahora un libro que es absolutamente único e irremplazable en su obra, y en el dominio iniciático en general, es el titulado Apercepciones sobre la Iniciación, que es justamente la síntesis de la primera serie de esos artículos de carácter técnico; la segunda serie será el objeto de un volumen póstumo. Observaremos también que un trabajo tal no tiene nada de equivalente en ningún otro escrito tradicional, y eso en cualquier tradición que sea.
Sin poder entrar en detalles, diremos que entre esas orientaciones, una se vinculaba a la esperanza de una revivificación del esoterismo católico, otra a la reconstitución masónica de la que hemos hablado. Otros elementos han tomado el partido de buscar una iniciación oriental, lo que conduciría a la constitución de “prolongamientos de las elites orientales” en Occidente, no a la formación de una elite occidental propiamente dicha.
Pero la noción de constitución de una elite occidental fuera de todo punto de apoyo, y de todo medio definido, implica la posibilidad de que una elite se constituya con elementos que no tienen ninguna relación con cualquier organización, sea cual sea. Bajo esa correlación, parece que la cuestión de la constitución de una elite occidental ha quedado sin respuesta hasta aquí. Pero, podemos preguntarnos, ¿qué puede significar exactamente tal constitución? Esta cuestión incluso se hace bajo la forma de una cierta dificultad: dado que, por una parte, según las precisiones de Guénon, por “constitución de elite” hay que comprender, no una simple formación doctrinal, sino una realización efectiva en el orden del conocimiento iniciático y metafísico, y entendiendo, por otra parte, que toda realización de ese género implica una iniciación y la práctica de ciertos medios que deben tener un origen tradicional, ¿cómo podemos concebir que una elite se constituya efectivamente, bajo todos los aspectos, sin que tome su punto de apoyo en una organización existente? Para responder a esta pregunta diremos, primero, que para nosotros, indudablemente, todo el trabajo efectivo debía comenzar por una iniciación y con medios apropiados. ¿Pero hay verdaderamente alguna otra posibilidad iniciática fuera de las precedentemente mencionadas? Nosotros responderemos: Sí.
Queda todavía la posibilidad de que una iniciación propiamente occidental, pero no existiendo ya en Occidente, se reactive en un medio intelectual propicio, con medios apropiados.
¿Cuál sería esta iniciación, y dónde se encontraría? No podría ser otra que la antigua iniciación regular y efectiva del Occidente tradicional retirada desde hace tiempo, allí donde se retira toda iniciación que no tiene la posibilidad de mantenerse en su medio normal, cuando las condiciones cíclicas le son desfavorables. Añadamos todavía, para rendir cuenta mejor del estado especial del Occidente, que un tal retiro, cuando concierne a la forma iniciática fundamental de una tradición, coincide con el retiro del centro espiritual de esta tradición, y se hace hacia el punto de origen de todo centro de una tradición en particular, es decir, hacia el centro espiritual supremo, donde se queda entonces en un estado latente y de donde puede manifestarse de nuevo algunas veces cuando las condiciones cíclicas se lo permiten.
Esas remanifestaciones son facilitadas, en cierta medida, por la presencia, en el medio tradicional abandonado de organizaciones iniciáticas de importancia secundaria que tienen sobre todo el papel de mantener una continuidad de la transmisión iniciática, y enlazar, de lejos, a sus miembros, incluso sin que ellos tengan consciencia, en la influencia del centro retirado.
Es por eso, por otra parte, que el primer método a considerar para la constitución de la elite occidental, era el que tomaba un punto de apoyo en una organización existente. Pero cuando, por diversas razones, una reactualización ya no es posible en el cuadro de las organizaciones existentes, mientras que condiciones esenciales se encuentran reunidas en un medio no definido, una remanifestación puede producirse, con respecto a este último o a ciertas individualidades «cualificadas», y entonces la iniciación necesaria y los medios correspondientes pueden reaparecer. No obstante, en ese caso, la iniciación y los medios de trabajo de realización presentarían modalidades relativamente nuevas, ligadas más especialmente a las cualificaciones del medio de reactualización; es por otra parte, a través de esas cualificaciones, y a su medida, que serían elaborados los instrumentos de trabajo que aparecerían así sucesivamente, como una especie de creación debida a la elite misma, según las oportunidades del desarrollo efectivo de ésta.
Esta posibilidad, tan difícilmente realizable, nos parece debe ser incluida en lo que Guénon tenía en vista para la idea de una constitución de la elite occidental fuera del punto de apoyo en una organización existente y de todo medio definido. Tenemos por otro lado ciertas razones para pensar que Guénon sabía, por él mismo, alguna cosa sobre las posibilidades de ese género, pues en sus comienzos, ciertas tentativas se produjeron, a partir de intervenciones del antiguo centro retirado de la tradición occidental. Por tanto los acontecimientos que tenemos a la vista aquí han afectado a Guénon mismo y añadiremos que eso no contradice la “generación oriental” personal de Guénon, pues una coordinación de influencias es posible con la acción de centros tradicionales no-cristianos, con metas de un orden más general. A este respecto, recordaremos que, “después de la destrucción de la Orden del Temple, los iniciados al esoterismo cristiano se organizaron, de acuerdo con los iniciados al esoterismo cristiano para mantener, en la medida de lo posible, el lazo que había sido aparentemente roto por esta destrucción” y que esta colaboración entre iniciados de los dos esoterismos mencionados “debió también mantenerse a continuación, puesto que se trataba precisamente de mantener el lazo entre las iniciaciones de Oriente y de Occidente” (Apercepciones sobre la Iniciación, pp. 249-252).
El despertar de la iniciación occidental podría entonces, en principio, ser tentado por tal conjunción de influencias e intervenciones, las dificultades ulteriores habiendo podido determinar en un sentido más “oriental” el apoyo que todavía podía ser ofrecido a Occidente.
No queremos insistir aquí más sobre ese punto, pero diremos que eso debe ser puesto en relación con las orientaciones espirituales más adecuadas a las perspectivas de la “segunda hipótesis” en cuanto a la suerte del Occidente.
Nos hace falta decir ahora que ha habido también, algunas veces, soluciones con un carácter menos regular, lo que se explica por el hecho de que no procedían de indicaciones doctrinales y otras dadas por la enseñanza de Guénon. Tal es el caso de los que, a veces fuera incluso de todo conocimiento de esta enseñanza, se han unido a organizaciones teniendo su punto de salida en Oriente, pero que René Guénon las declaraba desprovistas de las condiciones de regularidad tradicional, y que se mostraban, del resto, mancilladas de modernismo. No entraremos en el proceso de esas organizaciones, pero haremos solamente algunas observaciones generales que sobrepasan, por otro lado, ese caso especial, puesto que corresponden a constataciones que hemos podido hacer incluso en ciertos casos donde no había ninguna dificultad bajo la relación de la regularidad esencial de la integración.
Dos tipos de desviaciones de perspectiva tradicional se acusan generalmente en los que no han conocido o no han asimilado lo suficiente la enseñanza de René Guénon, y no han comprendido, por consiguiente, en qué condiciones una realización verdadera podía ser emprendida por occidentales, que se trate por otra parte de los que se han unido, de una forma ilusoria o regular, a organizaciones orientales, o todavía de esos que han quedado sin ningún compromiso: nosotros les llamamos la desviación “absolutista” y la desviación “universalista”.
La primera es definida por la voluntad de alcanzar una realización, e incluso el Conocimiento Supremo, fuera de condiciones normales de un método y de tal forma tradicional, por una simple participación en la técnica estrictamente intelectual de la vía respectiva.
La segunda se define por la negligencia de la regla de homogeneidad espiritual entre la modalidad iniciática de conjunto a la que quieren participar, y la forma tradicional practicada, o todavía por la ilusión de un método único aplicable indiferentemente a formas tradicionales diversas, e incluso fuera de la existencia de una relación iniciática.
Las diversas formas de esas desviaciones, que algunas veces se combinan entre ellas de forma extraña, proceden todas de una ignorancia de la relación que debe existir entre la naturaleza de las influencias espirituales actuando en la iniciación, los medios de realización correspondientes, y las cualificaciones de los seres humanos.
¡Esta ignorancia está casi siempre ligada con el orgullo y la presunción características del individualismo moderno, y también con la pretensión de adaptar la enseñanza y la técnica tradicional a las exigencias de los nuevos tiempos!
Para los intelectuales afligidos por estos defectos espirituales, la enseñanza y la disciplina iniciáticas de una forma tradicional son cosas no actuales, bien sea porque las encuentran molestas para la vida ordinaria, bien porque, simplemente, las ignoran.
Estos tratarán entonces, de buen grado, de «ritualismo» la práctica de los medios sagrados de conjunto, sea considerando que no es necesaria en su caso personal (y entonces estamos asombrados de ver cuántos se creen en el mismo caso), sea prefiriendo en este orden combinaciones artificiales de su propia cosecha, que relevan del “sincretismo” o de la “mezcla de las formas tradicionales”.
Retomando en un sentido más general ciertos juicios de Guénon, diremos entonces que esas cosas, que constatamos de diferentes lados, son más graves cuando ellas se producen en organizaciones iniciáticas regulares que cuando son el hecho de gentes que, en suma, no actúan más que por su propia cuenta y no tienen nada de auténtico para transmitir.
En fin, un nexo característico y significativo de esas escuelas es su hostilidad, sea declarada o sea disimulada, a la función y a la enseñanza de Guénon. Hay que temer ahora que con su desaparición, esas diversas irregularidades se acentúen todavía más, pues su presencia ejercía un cierto efecto de censura incluso entre esos que no estaban de acuerdo con el conjunto de su enseñanza.
Esto nos lleva a decir una palabra sobre la significación general que puede tener el cese de su función personal. Recordaremos aquí que, hablando de la esperanza de un entendimiento entre Oriente y Occidente, y del papel de los “intermediarios”, decía, respecto a estos últimos, que “su presencia prueba que toda esperanza de entendimiento no está irremediablemente perdida” (La crisis del mundo moderno, p. 181).
¿Su brusca desaparición sería interpretada como la pérdida o la disminución de esa esperanza de entendimiento? No es nada dudoso que bajo esa relación hay, en este acontecimiento imprevisto, un cierto sentido negativo, y las diferentes dificultades o limitaciones de posibilidades que había encontrado su función, y de la que hemos hecho mención, por otra parte no harían más que apoyar esta significación. Pero debemos determinar los límites entre los que tal interpretación es posible. Antes que nada, su función debía tener, en algún momento, con la edad, un límite natural.
Por otra parte, incluso si nada prevenía un fin por el momento, su actividad de todas formas se ha extendido, en una duración apreciable: una treintena de años separa su muerte de la publicación de su primer libro; su producción intelectual fue excepcionalmente rica: 17 libros, más la materia de los artículos por publicar en volúmenes, totalizando al menos 8 obras; la influencia de esta obra deberá desarrollarse todavía más en el futuro. Dado la importancia que nosotros mismos hemos atribuido a la función de René Guénon, su obra no podría quedar sin ninguna consecuencia positiva en lo que concierne las relaciones con el Oriente. Por otro lado, el final de su actividad no es una razón suficiente para concluir en el cese mismo del apoyo de Oriente, pues Guénon incluso no ha ligado jamás este apoyo a su sola presencia, y textualmente ha hablado siempre en plural de “intermediarios”, lo que bien puede no ser una simple fórmula de estilo impersonal, tanto más que él no podía prejuzgar lo que pasaría después de él.
Lo que es cierto es que el recurso intelectual que Oriente ha utilizado por él ha cesado, dado que estaba ligado a cualidades personales providencialmente dispuestas. Lo que es cierto también es que, la parte doctrinal general de su mensaje aparece como ampliamente realizada para hacer posible el despertar intelectual querido en Occidente; no es en el mismo orden que podríamos considerar como probable una continuación del apoyo que el Oriente ofrecía.
Es más bien en cuanto a formas doctrinales más circunstanciadas y a las aplicaciones contingentes de toda clase, que la necesidad de una continuación de este apoyo se hace notar. Eso puede estar ligado por otra parte, de una forma especial, a nuevas necesidades cíclicas de la orientación tradicional, bajo esta relación, podríamos pensar precisamente en un desarrollo más particular en relación con las circunstancias y las modalidades propias a la “segunda hipótesis”, lo que por otro lado nos parece exigir, tanto un lado doctrinal que un lado de orientación práctica, más determinados en su forma.
Reprocharán a nuestras reflexiones un carácter demasiado hipotético y abstracto, y lo reconocemos de buen grado, pero no nos es posible evitarlo, tanto más que no buscamos aquí más que circunscribir de una forma más general la significación que puede tener la cesación, en ese momento, de la función personal de Guénon.
Pero la obra intelectual dejada por Guénon mantendrá su presencia, del mismo modo que todo lo que ha sido concebido bajo su inspiración perseguirá la orientación inicial dada por él.
Su obra comienza incluso a ser conocida y comprendida en ciertos medios de Oriente, allí donde los intelectuales que han hecho la experiencia de la actual civilización occidental y de las doctrinas profanas, y que han probado todas sus consecuencias, en ellos mismos y alrededor de ellos, no tienen otro medio de volver a tomar contacto con el espíritu tradicional más que a través de una enseñanza que constituye a la vez una crítica eficaz del espíritu moderno y una formulación inteligible de las verdades inmutables de la tradición.
Por otro lado, esos que, en Occidente, constituyen, por su unión oriental, lo que Guénon llamaba “una prolongación de las elites orientales que podría convertirse en un nexo de unión entre estas y la elite occidental el día en que esta última llegase a constituirse”, son, de una forma natural, una razón de no abandonar la esperanza de una armonía del Occidente con las fuerzas saludables del Oriente tradicional.
Pero en las condiciones de la existencia de una época llena de toda serie de ilusiones y de peligros, esta esperanza queda fundada sobre la fidelidad perfecta de todos lados a la enseñanza de ese que fue y será la “Brújula infalible” y la “Coraza impenetrable”.
Todos esos que participan de la sabiduría tradicional y del espíritu de verdadera reconciliación divina del mundo, encontrarán ciertamente la misma incomprensión que su gran predecesor, y serán también el objeto de la misma hostilidad, o todavía mucho más, que la que ha probado el Testigo de la Verdad Única y Universal, pero es a ellos a los que, en el orden de las implicaciones humanas, recurriremos finalmente para encontrar una intercesión que, más allá, de los errores y las iniquidades de un mundo que se sepulta en su propio caos, debe abrir las puertas de la Luz y de la Paz.
NOTAS.-
(1) Los que entre los occidentales que se habrán adherido directamente a formas tradicionales del Oriente no entran entonces en esta noción de elite occidental, aunque vivan en occidente; éstos, por su vinculación tradicional, debiendo asimilarse directamente al Oriente bajo la relación intelectual, hacen propiamente una “asimilación al primer grado” de esta enseñanza. Tendremos que volver más adelante sobre el papel que pueden jugar éstos en el desarrollo de las relaciones entre la elite occidental y las elites orientales.
(2) A este propósito una de las incomprensiones más significativas, pero que a decir verdad no es particular a esta “contra-doctrina”, puesto que la encontramos incluso en algunos que admiten por otra parte la noción de una iniciación como condición previa a una vía de realización, es la que se refiere a la naturaleza y a los medios de la iniciación cristiana.
¡Consideramos así que esta es concedida por los sacramentos ordinarios de la Iglesia en razón de un privilegio especial que tendría el Cristianismo de ser una iniciación ofrecida a todo el mundo!
Esto está afirmado a favor de cierta dificultad que hemos encontrado en demostrar la existencia de otros ritos puramente esotéricos por la iniciación cristiana.
No podríamos tratar aquí esta cuestión, pero puesto que muchos de los que procesan esta opinión acuerdan, por otra parte, que el hesicasmo es una vía iniciática, que sepan que este tiene, incluso en nuestros días, como medio de integración un rito especial y reservado, análogo a lo que sabemos del rito de integración en las iniciaciones islámicas; pero para saber de lo que se trata exactamente, no es a los teólogos ni a los sacerdotes, ni siquiera a cualquier monje, que podríamos preguntarlo; en esta materia hace falta saber que la respuesta dependerá eminentemente de la recta intención del que busca, y de su buena voluntad.
(3) Una dificultad de un orden particular subsiste en una cierta medida en el hecho de que los masones, para tener una condición íntegramente tradicional, deberían participar en un orden exotérico que para occidente sería normalmente el del Catolicismo. Ahora bien, si del lado masónico la cuestión de la pertenencia y de la práctica religiosa podría ser un asunto individual, no es lo mismo en cuanto a su admisión en los sacramentos Católicos, de manera que mientras las relaciones entre Roma y la Masonería estén como están, los masones de Occidente no tendrían otro recurso que el de una integración a la Ortodoxia o al Islam, pero por lo menos no hay aquí una dificultad insuperable.
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Poemas |
AL DOS DE MAYO
Bernardo López García
(Jaén, 11-11-1840 / Madrid, 16-11-1870)
Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman tocando a muerto,
la campana y el cañón;
sobre tu invicto pendón
miro flotantes crespones,
y oigo alzarse a otras regiones
en estrofas funerarias,
de la iglesia las plegarias,
y del arte las canciones.
Lloras, porque te insultaron
los que su amor te ofrecieron...
¡a ti, a quien siempre temieron
porque tu gloria admiraron:
a ti, por quien se inclinaron
los mundos de zona a zona;
a ti, soberbia matrona
que libre de extraño yugo,
no has tenido más verdugo
que el peso de tu corona...!
Do quiera la mente mía
sus alas rápidas lleva,
allí un sepulcro se eleva
cantando tu valentía;
desde la cumbre bravía
que el sol indio tornasola,
hasta el África , que inmola
sus hijos en torpe guerra,
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!...
Tembló el orbe a tus legiones,
y de la espantosa esfera
sujetaron la carrera
las garras de tus leones;
nadie humilló tus pendones
ni te arrancó la victoria;
pues de tu gigante gloria
no cabe el rayo fecundo,
ni en los ámbitos del mundo,
ni en el libro de la Historia.
Siempre en lucha desigual
cantan tu invicta arrogancia,
Sagunto, Cádiz, Numancia,
Zaragoza y San Marcial;
en tu suelo virginal
no arraigan extraños fueros;
porque indómitos y fieros,
saben hacer tus vasallos,
frenos para sus caballos
con los cetros extranjeros...
Y aun hubo en la tierra un hombre,
que osó profanar tu manto...
¡Espacio falta a mi canto
para maldecir su nombre!...
Sin que el recuerdo me asombre
con ansia abriré la historia;
presta luz a mi memoria,
y el mundo y la patria a coro,
oirán el himno sonoro
de tus recuerdos de gloria.
Aquel genio de ambición
que en su delirio profundo
captando guerra, hizo al mundo
sepulcro de su nación,
hirió al ibero león
ansiando a España regir;
y no llegó a percibir,
ebrio de orgullo y poder,
que no puede esclavo ser,
pueblo que sabe morir.
¡Guerra! clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra! repitió la lira
con indómito cantar:
¡guerra! gritó al despertar
el pueblo que al mundo aterra;
y cuando en hispana tierra
pasos extraños se oyeron,
hasta las tumbas se abrieron
gritando: ¡Venganza y guerra!...
La virgen con patrio ardor
ansiosa salta del lecho;
el niño bebe en su pecho
odio a muerte al invasor;
la madre mata su amor,
y cuando calmado está
grita al hijo que se va:
"¡Pues que la patria lo quiere,
lánzate al combate, y muere:
tu madre te vengará!..."
Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes;
y van roncas las mujeres
empujando los cañones;
al pie de libres pendones
el grito de patria zumba
y el rudo cañón retumba,
y el vil invasor se aterra,
y al suelo le falta tierra
para cubrir tanta tumba!...
***
Mártires de la lealtad
que del honor al arrullo
fuisteis de la patria orgullo
y honra de la humanidad...
en la tumba descansad,
que el valiente pueblo ibero
jura con rostro altanero
que hasta que España sucumba,
no pisará vuestra tumba
la planta del extranjero.
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Noticias |
HOMENAJE A LOS CAÍDOS DEL 2 DE MAYO
04/05/2008 – Redacción
Como en años anteriores, el pasado día 2 de Mayo, aniversario del levantamiento del pueblo de Madrid contra los franceses en 1808, la Asociación ARES de Reservistas Españoles rindió un homenaje a los que en esa fecha ofrecieron su vida por España.
El solemne acto tuvo lugar en el Cementerio de La Florida del Parque del Oeste de Madrid, donde se hizo una ofrenda floral en la fosa donde reposan los restos de quienes fueron fusilados por los pelotones franceses, hecho plasmado en el famoso cuadro de Goya Los fusilamientos del 3 de Mayo en la montaña del Príncipe Pío de Madrid.
Para más información sobre las actividades de la Asociación de Reservistas:
EXPOSICIÓN “TESOROS SUMERGIDOS DE EGIPTO”
04/05/2008 – Redacción
La exposición “Tesoros sumergidos de Egipto” está situada en el Matadero Municipal de Legazpi, Paseo de la Chopera 10-12, Madrid.
En esta exposición se muestran los hallazgos realizados entre 2001 y 2002 por el equipo del Instituto Europeo de Arqueología Sumergida de Frank Goddio y el Consejo Supremo de Antigüedades Egipcias, en dos ciudades sumergidas hace 1200 años en la bahía egipcia de Abukir. Estas dos antiguas metrópolis son Canopus y Herakleion.
Según estudios técnicos realizados, la desaparición de ambas urbes fue debida a una serie de terremotos y maremotos que conformaron la actual línea costera.
La muestra se expondrá hasta el 28 de septiembre de 2008, todos los días de 10 a 22 horas.
Para más información sobre la exposición:
http://www.abpress.net/Tesoros_sumergidos_de_Egipto_exposicion.html
LOS ARQUEÓLOGOS DESCUBREN PARTE DE LA MURALLA ISLÁMICA DEL SIGLO XII EN CULLERA
27/04/2008 – Las Provincias. S. Melià. Cullera (Valencia)
El subsuelo de Cullera es
uno de los más ricos en cuanto a yacimientos arqueológicos de diferentes épocas
prehistóricas, de la edad antigua y medieval.
El pasado mes de marzo concluyeron las excavaciones arqueológicas realizadas en
un solar ubicado entre las calles del Mar y del Vall de Cullera. Los trabajos
de investigación arqueológica dirigidos por el arqueólogo Josep Pérez Negre y
coordinados y supervisados por el Servicio Arqueológico Municipal (S.A.M.) de
Cullera han permitido la localización de la antigua muralla islámica del siglo
XII que protegía y cerraba la población de la Qulayra islámica.
La particularidad del hallazgo estriba en que, a diferencia de las otras tres ocasiones que ha sido localizada la muralla islámica, esta vez ha aparecido completa.
Cabe recordar que en las intervenciones arqueológicas precedentes la muralla sólo apareció de forma parcial sin llegar a conocer exactamente sus dimensiones.
La muralla discurre en sentido este-oeste, paralelamente a la calle del Mar de la que cual dista unos 60 centímetros.
Unida al albacar
Su longitud a la vista es de unos 3,50 metros, coincidiendo con el ancho de fachada del inmueble excavado, por debajo de los inmuebles colindantes hasta cerrar la antigua Qulayra islámica uniéndose con el albacar del Castell.
Este cerramiento lateral se realizaría, presumiblemente, a la altura de la Plaça de la Llibertat por el oeste y a la altura de la desaparecida Torre de l'Aigua por lado del este.
En cuanto a su anchura, desconocida hasta la fecha, es de 1,68 metros. Esta anchura se corresponde con tres codos y medio del sistema de medición árabe basado en el codo agrimensor o codo de al-Mamum que poseen una medida exacta de 48 centímetros.
La técnica con la que está realizada la muralla islámica es con una fabrica de tapial de mortero de cal, arena y grava a la que, en este caso, se suman piedras de tamaño medio y grande, lo que le confería una gran solidez y fortaleza.
Por otra parte, el Servicio Arqueológico de Cullera, que dirige Miquel Roselló, llevó a cabo una campaña de excavaciones en 2006 el solar de la calle Agustín Olivert.
Al igual que en años pasados se ha podido comprobar que este conjunto, antes de construirse la factoría de salazones, formado por un almacén portuario y una serie de habitaciones anexas (hostal y taberna), sufrió una destrucción generalizada entre los años 425-450, que ha dejado su huella en un nivel de cascotes y cenizas muy rico en materiales arqueológicos.
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Libros |
Tratados espirituales
Maestro Eckhart
249 páginas
Ignitus Ediciones
Madrid, 2008.
Eckhart de Hochheim, OP, más conocido por Maestro Eckhart (1260-1328), es uno de los místicos más importantes de Occidente. Fraile dominico, filósofo y profesor de Teología en la Universidad de París, estuvo influenciado por el neoplatonismo y enseñó en varias de las escuelas más prestigiosas de su orden hasta ser acusado de herejía en sus últimos años; aunque el papa Juan XXII declaró heréticas algunas de sus proposiciones en la bula In agro dominico de 1329, Eckhart murió en paz con la Iglesia.
El pensamiento de Eckhart ha ejercido una poderosa influencia en buena parte de la filosofía alemana de los últimos siglos. En sus Tratados y Sermones enseña el método sin método, la vía sin camino que conduce, por medio del desapego o desasimiento, a la Iluminación o Nacimiento Eterno; “hay algunas personas que gustan las potencias del alma completamente en provecho del hombre exterior. Esta es la gente que dirige todos sus sentidos y entendimiento hacia los bienes perecederos; no saben nada del hombre interior”.
Sin embargo, hay otra clase de personas que buscan la Realización Espiritual, es decir, al hombre interior. Para encontrarle “debes recogerte y encerrarte en ti mismo y separarte de toda preocupación y fracaso y de la agitación de las cosas inferiores... debes desembarazarte de todas tus actividades y reducir al silencio a todas tus potencias, si verdaderamente quieres realizar en ti este nacimiento... Cuando el hombre ha de realizar una obra interior es preciso que recoja todas sus fuerzas, en cierta forma en una esquina de su alma y se oculte a todas las imágenes y las formas y entonces podrá actuar. Es preciso que llegue a un estado de olvido, de ignorancia. Es preciso que haya tranquilidad y silencio donde el Verbo de Dios debe ser percibido: no se puede llegar a ello mejor que por la tranquilidad y el silencio; ahí se le puede oír, ahí se lo comprende como es necesario: ¡en la ignorancia! Cuando ya no se sabe nada, Él se deja ver y se revela”.
La presente edición contiene los siguientes Tratados: “Del Nacimiento Eterno”, “Del Consuelo Divino”, “Del Hombre Noble”, “Del desasimiento” y “Conversaciones espirituales” (Collationes).
De Maister Eckhart, podemos decir que es el prodigio intelectual y teológico más grande en la aproximación al monismo hindú o vedanta advaita, así como también al budismo zen. Al pertenecer a una cultura occidental y judeo-cristiana, las enseñanzas teológicas del Maestro Eckhart y las enseñanzas prácticas, vivenciales y místicas de Sri Ramana Maharshi concilian armónicamente las cúspides más elevadas de la espiritualidad contemplativa oriental y occidental.
Conversaciones con
Sri Ramana Maharshi
(Tomos I y II)
448 páginas (t. I) y 429 páginas (t. II)
Ignitus Ediciones
Madrid, 2006.
Estas “Conversaciones” abarcan el periodo de 1935 a 1939. Los cuatro años abarcados en esta obra fueron los días en los que el Asramam alcanzó la cima de su gloria. La salud del Maharshi era espléndida y la Sala en la que se sentaba, estaba abierta día y noche para dar la bienvenida a todos. Los visitantes de todas partes del mundo se congregaban allí, y casi no había país que no estuviera representado en una u otra ocasión.
La enseñanza de Sri Ramana era impartida de manera espontánea contestando a sus visitantes. No solía dictar “conferencias” ni pronunciar “discursos”. Sus palabras se dirigían principalmente al aspirante particular que sentía alguna dificultad en su senda espiritual y buscaba resolverla. Pero, como en la búsqueda del Sí mismo surgen las mismas dificultades y el método de resolverlas es el mismo, las respuestas de Maharshi a las preguntas tienen la cualidad de la universalidad.
Estas “Conversaciones” no consisten simplemente en responder a las preguntas de sus visitantes. A menudo, Ramana Maharshi se mantiene detrás de las palabras que constituyen la pregunta y corrige a quien la formula a fin de no dejar al interlocutor en el lugar en el que estaba. Las preguntas no sólo son respondidas, sino también socavadas.
La enseñanza central de Sri Ramana es la indagación del Sí mismo (o autoindagación). En vez de querer saber esto o aquello, uno debe buscar conocer al Sí mismo. Uno ha de averiguar: “¿quién soy yo?” en vez de preguntar sobre cientos de otras cosas. La indagación del Sí mismo debería ser la más fácil de todas las tareas. Pero parece ser la más difícil porque hemos devenido extraños para nuestro Sí mismo. Lo que uno tiene que hacer es simple: permanecer como el Sí mismo. Esta es la Verdad última. Este es el estado inherente, natural y eterno de uno. Debido a la ignorancia, nosotros nos identificamos con el ego. Busquemos la raíz del ego.
Para más información o para adquirir estas obras:
EDITORIAL SANZ Y TORRES S. L.
C/. Pinos Altas, 49
28029 – Madrid
Tfnos. 902 400 415 / 91 314 55 99
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