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V — EL PAPA: Llamado también El Hierofante o Sumo Sacerdote, es el iniciador en los Antiguos Misterios, guardián y transmisor de la Tradición Unánime. Con su mano derecha realiza el signo de la Enseñanza, y con la izquierda -cubierta con un guante- sostiene un cetro que representa, junto con la corona, el poder espiritual. Se encuentra, como La Sacerdotisa, sentado entre dos columnas, y generosamente imparte la Doctrina a quienes tienen oídos y ojos, guardando en secreto sus elevados conocimientos. Los personajes de espaldas, en actitud receptiva, son el símbolo del aprendizaje. El rojo de sus vestidos lo relaciona con Marte, que en este caso manifiesta un profundo rigor intelectual, necesario para que esa Doctrina se mantenga intacta y no sea deformada la verdad. Esta carta simboliza al maestro interior o guía oculto que nos conducirá en las distintas fases del proceso iniciático, a la vez que es amigo, consejero y confesor. |
| AL DERECHO | AL REVES | |
| Sacerdote
- Maestro - Enseñanza
Aprendizaje - Doctrina - Tradición Autoridad moral y espiritual Paciencia - Perseverancia Rigor - Rectificación - Ecuanimi- dad - Calma - Serenidad - Con- fianza - Generosidad - Constan- cia - Discreción - Buen sentido |
Dogmatismo
- Falsos profetas
Tergiversación - Falsificación Equivocación - Errores - Prejui- cios - Impaciencia - Fanatismo Mala información - Rigidez Liderazgo - Condicionamiento Mal consejero e intermediario Insensibilidad - Competencia |
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| Como el Amor –al que se encuentra indisolublemente unida– la Belleza
es un nombre o atributo divino, según muestra y ejemplifica la sefirah
Tifereth, también llamada Armonía como sabemos. Debido
a su carácter universal, la Belleza no es patrimonio de nadie, y
desde luego escapa a las clasificaciones del arte y del artista moderno,
que sólo perciben de ella lo estético y superficial, cuando
no sencillamente la niegan, apostando por lo realmente grotesco y confuso.
La mayoría de los que se autodenominan "artistas" olvidan que la
belleza es un permanente asombro que se halla implícito en la textura
cambiante y polifacética de la vida, y lo que es más importante,
en la esencia y el ser mismo de las cosas y los seres. Ella se identifica
con lo inasible, con lo que no puede ser medido ni computado, pero sí
experimentado como un tipo de emoción intelectiva y suprarracional,
capaz de producir aquella necesaria "ruptura de nivel" que haga posible
el contacto directo con las realidades espirituales que, por lo demás,
toda la creación constantemente revela y sugiere. Por eso
siempre ha sido considerada como una energía intermediaria entre
lo humano y lo divino, entre lo horizontal y lo vertical, al igual que
el símbolo, y como éste es un vehículo que nos conduce
al Conocimiento.
Unión de los contrarios aparentes, o conjugación en una sola entidad del sujeto que conoce y del objeto conocido, la Belleza es el reflejo en el cosmos de la Unidad Arquetípica, que germinando en el corazón del hombre lo lleva al conocimiento de sí mismo y del mundo mediante el arrebato que produce su contacto. En este sentido la Belleza participa tanto del éxtasis dionisíaco (relacionado con la atracción y el vértigo hacia las energías telúricas y terrestres) como de lo apolíneo, donde este éxtasis se muta en contemplación hacia las formas puras. Este es el caso de Platón, para quien las figuras del círculo y el cuadrado proporcionaban la contemplación de la Belleza absoluta. Las artes sagradas y tradicionales aglutinan estas dos maneras de concebir la Belleza, que debido al temperamento de los hombres que las realizan pueden expresar una u otra forma, o ambas a la vez pues en realidad son complementarias, como lo son la Tierra y el Cielo. Por poner un ejemplo: un ícono cristiano y la voluptuosidad de formas de una diosa pagana, pueden, en el fondo, sugerir la misma idea. Sea como fuere, intuir la verdadera Belleza, y ser uno con ella, puede acaecer en cualquier momento, no importa la causa, pues entonces ya no seremos los mismos, con nuestros falsos complejos y prejuicios, sino que se nos habrá dado la gracia de participar del rito de una danza total, de la que nada ni nadie queda excluido. |
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| Toda Tierra Santa, o Sagrada, propia a cada tradición,
es el símbolo de la Tierra Arquetípica, que se manifestó
visiblemente al comienzo del actual ciclo terrestre y humano. Esta fue
la residencia del Centro Supremo o Gran Tradición Primordial, la
que tuvo que ocultarse y hacerse invisible (pasando a otro plano) cuando
las condiciones en las que era posible su existencia se tornaron difíciles.
Geográficamente el Centro Supremo estuvo situado aproximadamente
en lo que hoy es el Polo Norte, que los griegos denominaron la Hiperbórea,
y que en aquellos primeros tiempos conservaba unas condiciones climáticas
más benignas que en la actualidad: una "primavera perpetua" como
señalan algunas tradiciones. Esto se debería, como ya se
ha dicho antes, al hecho de que el eje terrestre no estaba inclinado con
respecto al eje celeste, con lo que no existían la sucesión
de las estaciones.
Es de notar, además –y para advertir las analogías que existen entre el orden físico y el espiritual–, que el Polo Norte representa la región que es tomada como referencia orientativa vertical desde cualquier lugar de la superficie terrestre (aunque esto sea hoy así por la globalización cultural y la representación de la Tierra como esfera); el extremo Norte es también el extremo superior del eje vertical que atraviesa la Tierra, y por lo tanto el centro alrededor del cual se cumple la rotación de la misma, siendo el único lugar (junto con el Polo Sur) que permanece estable y sin girar en dicha rotación. En este sentido, es perfectamente normal que fuera la región polar la primera en albergar la Tradición Primordial, pues ésta es también el origen y el centro doctrinal invariable de todas las demás a través de los tiempos; su permanente punto de referencia axial. Su replegamiento y ocultamiento supuso el surgimiento de las diferentes formas tradicionales y el establecimiento de los respectivos centros geográficos sagrados, que eran, y siguen siendo, los reflejos del primero (ver "La Montaña y la Caverna", Módulo A Nº 69). Son el caso de Jerusalén para el judeo-cristianismo, la Meca para el Islam, Delfos para la Grecia clásica, Roma para las tradiciones itálicas y aún para el Catolicismo actual, Tebas para el antiguo Egipto, Babilonia para las culturas mesopotámicas, la mítica Aztlán (Atlántida) para las culturas mesoamericanas, Cristianópolis o la "Ciudadela solar" para el Hermetismo Rosa-Cruz, etc. El nombre originario del Centro Supremo fue el de Tula, o Thule, la "Balanza", o también Siria, la "Tierra del Sol", expresión que indica una transposición celeste y luminosa del espacio geográfico. Tula designa la constelación de la Osa Mayor que con sus siete estrellas –número de perfección– semeja un arca girando en torno de la estrella Polar, morada simbólica de la Gran Unidad o Arquitecto del Universo. La estrella Polar es la Cima, el Cenit de la Montaña Cósmica, Arbol o Eje del Mundo de donde parten según las direcciones del espacio, los cuatro ríos sagrados portadores del Agua de Vida Celeste. |
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| En diversas tradiciones el Paraíso es representado por el corazón, que es el centro del estado humano, equivalente al "Corazón del Mundo", al "Santo Palacio" interno, o a Brahma-Pura (la "Ciudad de Brahma"). Por ello ha de entenderse la existencia de una analogía entre la Geografía mítica o sagrada y el propio espacio interior o espiritual del hombre. En ese espacio también se encuentran comarcas y regiones que no son sino estados de conciencia que el ser va reconociendo en las diferentes etapas o grados de su evolución espiritual. "El Reino de Dios está dentro de vosotros", dice el Evangelio; y el lamaísmo budista: Shambala (la Comarca Suprema o Paraíso) está en nuestro corazón". A la luz de esas concepciones el espacio geográfico se transforma en su arquetipo celeste, donde se vislumbra lo atemporal. La belleza del mundo, de Malkhuth, es el reflejo de la Belleza, de Tifereth. Las visiones extáticas de ciertos místicos describen una geografía situada en otro plano de realidad, donde se producen las teofanías y se revelan las entidades angélicas y divinas. Es la "Tierra de los Bienaventurados", de los "Vivientes", de los "Antepasados Inmortales", a la cual, sin embargo, "no se puede llegar ni con naves ni carros, sino solamente por el vuelo del espíritu". A este respecto nos dicen los maestros herméticos: "El Paraíso está aún en esta tierra, pero el hombre está lejos de él hasta que no se regenere". Agartha es la gruta que se oculta en la montaña, ubicada en el mismo eje que la sumidad, como la cripta en el templo. | ||
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| La práctica de la Geometría, y la Meditación,
son métodos de purificación del "ojo del alma", que cultivan
la capacidad de la Visión o facultad de contemplar la Verdad: facultad
llamada también Inteligencia del corazón, la sola que puede
unir al mundo manifestado con su Origen.
Esta visión difiere mucho de la capacidad visual que comúnmente usamos y requiere una penetración de la realidad, en más de un sentido. La vista y el oído, aunque relacionados en su función, operan de modos muy diferentes: la inteligencia óptica, para pensar, crea una imagen en nuestra mente, es indirecta, analítica y secuencial, mientras que la auditiva es directa, sin imagen, y evoca una respuesta inmediata. Es ella la que percibe patrones de relación y configuraciones en el espacio. Es asimismo ella la que se asocia con el hemisferio derecho del cerebro, mientras que la vista, de carácter temporal, se asocia con el izquierdo, que mide y analiza de manera racional, para emplear una descripción simbólica. Es este "modo derecho" o "manera recta" lo que permite penetrar en el aspecto esotérico del símbolo, y comprender su sentido, porque puede percibir opuestos en simultaneidad. Cuando la capacidad auditiva y la visual están "centradas", "se escuchan colores" o "se ven músicas". Por medio de la Geometría, los pitagóricos conjugaban y equilibraban los opuestos perennes y una vibración escuchada llegaba a convertirse en forma visible e igualmente un ritmo visual se expresaba en armonías audibles. |
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| En el Módulo A, acápite Nº
24 dedicado a la analogía, nos referíamos a la inversión
de dos órdenes simbolizada por el Sello de Salomón. Sólo
agregaremos que lo único aparece misteriosamente como múltiple,
en cuanto se refleja en el prisma de la manifestación, y aun mucho
más cuando lo hace en las modalidades de lo individual. De ahí
las conocidas reservas de la Tradición a este respecto, al reiterar
el carácter ilusorio y relativo de las apariencias, que siendo imágenes
reflejas e invertidas de la realidad, son tomadas lamentablemente por ella
misma. Confundimos al símbolo con lo simbolizado. La misma proposición
hermética: "lo que es arriba es abajo", exige una interpretación
correcta de las correspondencias, ya que lo de "arriba" se halla simbólicamente
expresado por lo de abajo, pero en sentido inverso. "Los últimos
serán los primeros y los primeros serán los últimos".
El pecado, el error y su común denominador, la ignorancia, no son
sino la idolatría de lo irreal e ilusorio. Un puro absurdo que deja
de serlo a medida que el ser toma conciencia efectiva de lo verdaderamente
real y eterno.
El vehículo por excelencia del pensamiento es el símbolo, y la esencia de éste la analogía. En efecto, la analogía no es una mera asociación de conceptos mentales, así como el símbolo no es tampoco una "definición", ya que como tales no escaparían entonces a las limitaciones racionales y morales humanas. La propia presencia inteligible de la Idea, evoca y sugiere indefinidos aspectos de sí misma, despertando siempre nuevas y distintas perspectivas de la realidad, engarzadas permanentemente en su síntesis sagrada. Como instrumentos de aplicación, tal cual los números y las letras, símbolo y analogía permiten articular por medio de relaciones de semejanza, hechos o realidades que a primera vista nada tienen en común, a no ser su propia contingencia. La relación necesaria de continuidad entre el todo y la parte, entre Dios y el mundo, y viceversa, es por cierto el número de oro de la Creación. Un arcano intuido desde siempre, que la Tradición revela. Es la lógica verdadera que como "gracia divina" opera más allá de la lógica convencional o formal. Esta permanente ligazón que une a los mundos, ya sea de manera visible o invisible, permite la posibilidad perpetua del "despertar", de un regreso al sentido universal de la existencia, operativamente una salida del tiempo-espacio ordinario y amorfo, y una entrada en lo "extraordinario" y sagrado. La función de los ritos no tiene otro fin que dinamizar y actualizar esta posibilidad siempre latente. A ella se vincula especialmente la intuición intelectual y el Eros o Amor divino, no ya la "razón" propiamente dicha, analítica y discriminativa por naturaleza. |
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| La tarea del artista es la de mediador entre la esencia del símbolo
(o Verbo) y su manifestación en el mundo temporal (obra del Verbo
Creador). De entre todas las criaturas, sólo al hombre le es dado
el tomar conciencia de este papel y a través de él es el
Universo el que se hace consciente de sí mismo. El propósito
de la educación tradicional consiste en llevar a cabo esta toma
de conciencia, despertando las capacidades latentes que todo hombre lleva
ocultas, siendo ésta la función que cumple el gremio de los
artistas, dirigido por un maestro que conoce los principios que gobiernan
el Arte.
El proceso de aprendizaje es jerárquico y provee al artista del lenguaje simbólico. Incluye las ciencias y las artes sagradas; se trata de la Alquimia del propio ser y de un verdadero camino de Iniciación. El apoyo simbólico prepara el camino del proceso creativo a través de rituales prescritos. La belleza del símbolo consiste en revelar el "Tesoro", sin cuya mediación no podría conocerse jamás. El rito tiene su base en la cosmogonía y es el símbolo en movimiento. El mito vive en un Tiempo de acción ritual perenne. El propósito de estos rituales es el de crear un estado de conciencia que permita al artista moverse en el espacio interno del alma. Una parte esencial de este estado meditativo es lograr que la armonía de los ciclos vitales penetre en la existencia entera experimentando los ritmos de la naturaleza, su soledad y serenidad. Es por medio de la contemplación que puede accederse al espacio interno del corazón donde tiene lugar para el artista la única experiencia de realidad. Es entonces que puede expresar: "en verdad, que como es extenso el espacio, lo es también el vacío que hay en el interior del corazón". Ha llegado a la fuente y contemplado cara a cara la realidad, se ha contemplado a sí mismo. Ya no existe el tiempo; vidente y visión son uno. Todo el universo ha concentrado sus rayos en un punto cuya incandescencia ha tornado al Sí-Mismo. Sonidos, formas, líneas, colores y materiales serán los medios para el alma despierta que busca expresarse en su descenso por el arco del ciclo creativo devolviendo la forma visible, audible o tangible a lo vivido. Pasivo con respecto al Principio del que es servidor, y activo con respecto a su Arte, el artista crea una relación armoniosa entre lo universal que anima su obra y la particular manera de dar forma a su creación. La obra será la muestra de la perfección alcanzada por el artista y en la medida en que esté en conformidad con el Origen se le podrá llamar original. Originalidad comprendida en el amplio sentido de la palabra: la realización de una concepción original y no sólo la transitoria originalidad individual. "Esta parte terrestre del mundo es mantenida por el conocimiento y la práctica de Artes y Ciencias de las cuales no ha querido Dios que se privase el mundo para ser perfecto (...) Y acertadamente la divinidad suprema ha enviado aquí abajo entre los hombres el coro de las Musas para que el mundo terrestre no pareciera demasiado salvaje privado de la dulzura de la música, sino que, por el contrario, los hombres ofrecieran sus alabanzas mediante cantos inspirados por las Musas a aquél que solo lo es Todo y padre de todos y así a las alabanzas celestiales respondiese siempre, también sobre la tierra, una suave armonía. Ciertos hombres, pocos en número, dotados de un alma pura, han recibido en participación la augusta función de elevar sus miradas hacia el cielo" (Corpus Hermeticum, Asclepio 8-9). |
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| 47 | NO POR MUCHO MADRUGAR… | ||||||||||
| Uno de los temas en los que se hace hincapié en el recorrido
iniciático es el de los enemigos ocultos, es decir en aquellos que
no son evidentes para el aprendiz, o que se disfrazan aparentando virtudes,
cuando no son sino formas del hombre viejo y graves enemigos en el camino
del Conocimiento. Muchas veces suelen presentarse con el ropaje de lo moral
y lo oficialmente admitido como virtuoso y hasta "religioso", a lo que
graciosamente denominan "tradicionalismo". Otra de las desagradables maneras
en que suelen presentarse estos demonios, directamente asociada con la
que acabamos de mencionar, es el hecho de suponer una virtud el despertarse
temprano por las mañanas, especialmente en las grandes urbes, donde
el cuerpo ha perdido toda conexión con los ritmos de la naturaleza.
Este hecho completamente normal es tomado por individuos simplones como
una gran cosa, ejemplo digno de ser emulado, aunque deba imponerse por
la fuerza, como en el caso de los internados, cárceles y cuarteles.
Aunque por cierto no se toma en cuenta que estos 'madrugadores' se levantan
para echar leña al fuego de la máquina de la sociedad moderna
que nos está devorando, que ellos han creado y alimentan constantemente
con su diligencia.
El refranero ha acuñado dos sentencias muy conocidas respecto a este hecho. La primera dice "Al que madruga Dios lo ayuda", eso puede ser entendido como un chiste de humor negro, cuando se piensa que los hombres de hoy día, directa o indirectamente, se despiertan dispuestos a traicionar, mentir, murmurar, calumniar, robar, destruir, etc., con el beneplácito y el patrocinio de las entidades oficiales en medio de la aprobación general. El segundo refrán ha dado título a esta nota y dice: "No por mucho madrugar amanece más temprano". En él se advierte la oposición al anterior, aunque se lo nota mucho más elaborado ya que niega de hecho la simplona creencia literal que el primero sustenta y aparece como una clara sentencia a uno de los errores (pecados) más grandes y difundidos de los contemporáneos: el de que a través de las acciones de los hombres va a poder lograrse lo que siempre ha sido llamado, inversamente, la Gracia de Dios. "El espíritu sopla donde quiere" puede leerse en el texto sagrado. Sí, donde quiere el espíritu y no donde determinan los hombres, o en cualquier lado, por azar, como podría comprender un literal, o un 'justo' muy madrugador. Un proverbio chino dice: "Al abusar de la eficacia se producen violencias". |
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