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VII — EL CARRO: En esta carta vemos a un cochero conduciendo su vehículo hacia una meta prefijada. La libre decisión que estaba implícita en la carta anterior, ha sido ya tomada, y el Iniciado se encuentra aquí en actitud de triunfo y de victoria, ganando la guerra entre los contrarios. Los caballos y las ruedas, parecen dirigirse hacia lugares opuestos; pero el cochero real, sin necesidad de riendas, los lleva por el medio, superando los obstáculos del camino, uniendo las contradicciones y conjugando las oposiciones. En las charreteras se ven dos máscaras, una que llora y otra que ríe, representando la tragedia y la comedia. La carta nos da la idea de viaje, relacionada con la primera fase del proceso iniciático; se trata de los primeros viajes que nos prepararán para los viajes mayores luego de los cuales el movimiento ha de cesar y se habrá arribado a la región del reposo. No confundir al vehículo con la meta. |
| AL DERECHO | AL REVES | |
| Dirección
- Movimiento
Superación de contradicciones Triunfo - Victoria - Logro Exito - Manejo de opuestos Viaje - Cambio - Nueva vida Superación de obstáculos Objetividad - Reestructuración Buen vehículo o camino |
Ausencia
de dirección - Prisa
Viaje postergado - Inmovilidad Retroceso - Derrota - Pesar Vehículo o camino equivocado Ausencia de escrúpulos - Fraca- so - Pérdida de control - Estanca- miento - Imposibilidad de llegar Ruptura - Insatisfacción Desesperación |
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| La Historia se articula como una serie de acontecimientos en el tiempo
donde se proyectan, al igual que en la Geografía, las energías
y potencias verticales. Así entendida, la Historia está jalonada
de hechos significativos que suponen una ruptura del nivel temporal, ordinario
y profano, que nada tiene que ver con las crónicas y estadísticas
a que nos tienen acostumbrados nuestros contemporáneos, que sólo
son capaces de fijarse en determinadas anécdotas debidamente documentadas
(siempre con un propósito interesado, en particular en lo político,
económico, racial o religioso). Como el espacio, el tiempo no es
homogéneo, sino que tiene escisiones y fisuras por donde se revela
lo suprahistórico. Por otro lado, el centro sagrado geográfico
y espacial, simbolizado por la Tierra Sagrada, –y dentro de cada cual por
su propio corazón– es también el centro del tiempo, de lo
atemporal, donde se hace efectiva la comunicación con los estados
superiores.
Es el mito el que hace significativa la historia de un pueblo; la creación de una cultura o civilización tradicional siempre parte de un acontecimiento mítico y suprahumano, en el que una entidad espiritual se manifiesta (casi siempre a través de intermediarios simbólicos, ya sean animales, vegetales, minerales, o gracias a determinados personajes humanos, como estamos viendo en los acápites sobre Biografías), dando origen al desarrollo de esa civilización. Como si se tratara de un sutil cordón umbilical, esta vinculación íntima que mantiene una cultura con lo invisible y atemporal es lo que posibilita la regeneración periódica y cíclica de los hombres que la integran. La verdadera historia de un pueblo, o de un hombre, reside en su capacidad de comprender y sentir en toda su plenitud la presencia de lo sagrado, de estar reintegrado en Ello, como una unidad indisoluble entretejida de múltiples relaciones y de la que depende toda su vida. Por eso han existido culturas que no han tenido historia, tal como la entendemos hoy en día, porque para éstas lo único válido, lo único real, es lo que no está sujeto a las leyes implacables del devenir. Estas sirven, en todo caso, como soporte horizontal donde se cumple el destino histórico de esas culturas y civilizaciones. Pero para que este destino tenga sentido deben depender enteramente del orden que expresan las leyes universales, que son invariables y eternas. |
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| La multiplicidad de las tradiciones es una forma evolutiva que reviste
aquella Tradición Unica de los orígenes en el proceso cíclico
de caída a través de las edades históricas. Y así
como en el Arbol Sefirótico cuatro planos progresivamente
densos separan a la Deidad Primera del Reino de este Mundo, así
también en el tiempo las cuatro edades –del oro, la plata, el bronce
y el hierro– marcan el progresivo ocultamiento de aquella Tradición
Primordial bajo el disfraz de tradiciones diversas y cada vez en apariencia
más distintas, hasta el punto de llegar a admitir contradicciones
entre ellas en el plano de su literalidad, que es el único que está
al alcance de la generalidad de los hombres en la actual edad oscura. A
ello se refiere el mito bíblico de la Torre de Babel, relativo al
momento en que el género humano empieza a interesarse por el desarrollo
de la civilización –las artes, los oficios y las grandes empresas
técnicas– y es "castigado" con la confusión de las lenguas.
En efecto, toda solidificación o materialización implica multiplicación y divergencia. Pero la multiplicidad de tradiciones es sólo aparente, y pertenece al plano ilusorio que el budismo denomina Samsara, y el hinduismo identifica con el Velo de Maya. La variedad de tradiciones pertenece al círculo exterior del símbolo de la Rueda. Ellas son los rayos que conducen al Cubo o Centro, donde está ubicada la Tradición Unánime, de la cual no han dejado de ser testigos los sabios e iniciados de todo tiempo y lugar. La Tradición (del latín tradere, transmitir) es la transmisión del conocimiento, entendido éste en sus principios inmutables y universales, aunque también en sus aplicaciones a todas las esferas de la vida. De ahí la distinción entre esoterismo y exoterismo, que de un modo u otro se da en el seno de todas las tradiciones. El último es el que se ocupa de organizar moralmente las sociedades humanas (pues como afirma Platón, y pese a la visión moderna, moral y política son una misma cosa). El primero mantiene viva la llama de la Verdad última, mediante la cadena iniciática ininterrumpida (que el sufismo llama silsilah) para aquéllos que son capaces de acceder a la realización espiritual propiamente dicha. Hay por tanto una jerarquía entre sendas funciones de la Tradición: las formas externas o exotéricas degeneran y se extinguen cuando pierden contacto con su núcleo esotérico. Valga como ejemplo lo ocurrido con el cristianismo a partir del siglo XIII: la desvinculación del papado y la jerarquía eclesiástica con respecto a las organizaciones iniciáticas dejó a la cristiandad indefensa ante el asalto del pensamiento profano y "científico" que ha intentado en estos últimos siglos corregir y "mejorar" desde fuera una doctrina tradicional efectivamente castrada de sus bases intelectuales, bases que no pertenecen a la organización exotérica y que son patrimonio del saber iniciático. De ahí la contradicción actual del Occidente, dividido entre un "cristianismo insuficiente" y un saber "científico" que pretende completarlo, pero que cambia –como todo lo profano– sus "verdades" al son de la moda. |
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| Ya hemos dicho que la geografía (grafía de la tierra) concebida como espacio mítico destinado a ser reflejo del orden celeste, es común a todas la culturas tradicionales. Queremos recordar que ese espacio mítico es el Centro del mundo, donde el tiempo (la historia) también se contempla como no-sucesivo, siendo siempre nuevo y la regeneración una realidad permanente, al no perder la capacidad de asombro su virginidad original. En verdad la geografía sagrada es invisible, pues existe la "idea" de una tierra ilimitada y primigenia, de una "Tierra Pura" o de un Jardín edénico, que no agota sus posibilidades generativas al estar unida y fecundada por el Espíritu. La geografía es entonces un estado del alma (de un vivir la propia existencia insertada en lo universal), el cual, en efecto, puede ser manifestado simbólicamente en un paisaje, la cima de una montaña, la oquedad de una caverna, o en cualquier topografía significativa. Los templos y ciudades se erigían en esos lugares, y su construcción se realizaba según leyes precisas derivadas de una ciencia sacerdotal, revelada por los dioses. | ||
| 52 | NOTA: | |
| Esperamos que a medida que ha ido avanzando en el curso de las enseñanzas
y ejercicios contenidos en este manual, al que se debe repasar a menudo,
usted pueda tener ahora nuevos puntos de partida para la investigación,
a la par que la lectura de estos textos le pueda resultar mucho más
sugestiva, y tal vez reveladora. De todas maneras estos son los preámbulos
de nuestro trabajo integral, al que debe dedicarle igual tesón y
ardor que hasta el momento. Usted ha avanzado un paso aunque no lo sepa
del todo. Si se le ha hecho evidente, redoble sus esfuerzos, pues está
haciendo algo por usted mismo y su superación, y siempre esta dedicación
es recompensada de una u otra manera.
Pudiera ser que por falta de tiempo, o por otras razones muy específicas, el lector no pudiera efectuar todas las prácticas y ejercicios que hemos dado y seguiremos dando. En ese caso le sugerimos vaya anotando en una ficha aquéllos que no ha realizado y los ordene por temas. Seguramente ya llegará el momento en que pueda llevarlos a cabo y entonces usted podrá practicarlos en forma ordenada. Trate de no omitir nada de lo que Agartha le ofrece y deje que la Enseñanza penetre completamente en usted. Posteriormente, y en forma natural, se irán seleccionando en nosotros los caminos particulares y los tipos de temas de nuestra inclinación, los que asimismo se pueden desenvolver en un abanico de posibilidades. Si algún punto doctrinal le resulta aún oscuro o dificultoso, al igual que ciertos ejercicios, se sugiere pasar adelante, siempre que se hayan efectuado ciertos esfuerzos para superar la situación. Llegará el momento de ir repasando estas lecciones, y entonces descubrirá que esas dificultades se han ido resolviendo, o ya no existen. Pasado un tiempo, el volver al material de Agartha, comenzando desde el principio, es sumamente provechoso. Por otra parte, la lectura de estos textos acaso se le aparezca en ese momento como nueva, o encuentre en ella algunos puntos, o temas, en que no reparó. |
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VIII — LA JUSTICIA: Aquí se nos muestra una mujer sentada, que sostiene una espada con su mano derecha y una balanza con la izquierda. Aunque suele representarse a la justicia con los ojos vendados, dando a entender que la ley se aplica por igual a todos los hombres, sin distingos de ninguna clase, aquí la vemos con los ojos muy abiertos, indicando la objetividad con la que emite sus juicios. La espada se halla en posición vertical, ascendente, lista para penetrar las apariencias de las cosas y arribar a los estados superiores del ser; y la balanza está sostenida por el eje o fiel, símbolo del equilibrio y la armonía que se logran cuando se encuentra el justo medio. Los significados favorables de esta carta están relacionados con las virtudes de un verdadero juez, objetivo, neutral y desapasionado; cuando está en contra, habla de sus vicios y en general nos muestra los desequilibrios. |
| AL DERECHO | AL REVES | |
| Ley - Orden
- Objetividad
Imparcialidad - Regularidad Justicia - Armonía - Conciencia Integridad - Equilibrio Rigor - Organización Economía - Administración Desapasionamiento Buen criterio Neutralidad |
Injusticia
- Parcialidad
Desequilibrio - Aburguesa- miento - Desorden - Violencia Pleitos - Discusiones Arbitrariedad Ladrones - Corrupción Bandidos - Derroche Problemas económicos Falta de administración |
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| A menudo se confunde hoy día la Ciencia de la Astrología
con la simple confección de horóscopos, la que siempre fue
considerada por la Tradición como secundaria, derivada y contingente.
Esto no quiere decir que carezca de interés el conocer las influencias
planetarias que rigen el día y la hora de nuestro nacimiento, cuya
investigación puede realizarse como práctica para familiarizarnos
con esta disciplina; pero es importante no perder de vista que lo fundamental
es conocer los principios y las normas que gobiernan el cielo, los cuales
se ven también reflejados en el orden natural de la tierra. No debemos
olvidar que es gracias a los astros que tenemos la posibilidad de comprender
las leyes que regulan el tiempo y el espacio. Por un lado, es el sitio
de salida del Sol y los planetas lo que nos permite tener una orientación
espacial, a la vez que son también las esferas celestes las que
nos hacen tener la concepción de día y noche, semana, mes
o año, es decir de la durabilidad del tiempo.
Siempre partiendo de un punto de vista geocéntrico, y aun más, tomando al observador –el hombre– como el punto central e inmóvil a partir del cual hacemos nuestros cálculos, el símbolo del zodíaco nos enseña a realizar la división "espacial" del tiempo, cuando nos muestra al Norte en el Solsticio del Invierno (Capricornio), al Sur en el de Verano (Cáncer), al Este en el Equinoccio de Primavera (Aries) y al Oeste en el de Otoño (Libra). Estos cuatro puntos o signos cardinales están en relación simbólica con la división cuaternaria del día, el mes y el año, con las cuatro etapas de la vida del hombre y las civilizaciones, y con las cuatro edades de la humanidad (de Oro, Plata, Bronce y Hierro), dándonos por lo tanto la posibilidad de establecer relaciones y analogías entre los ciclos naturales, históricos y cósmicos. La Rueda del Zodíaco realiza en apariencia un recorrido completo de 360° cada día, o período de 24 horas que tarda la tierra en girar alrededor de su propio eje; el Sol, por su parte, hace un viaje alrededor de los 12 signos durante el año, marcando las cuatro estaciones que rigen las leyes de la agricultura y de la vida del hombre. Pero los antiguos también observaron gracias a los planetas, la posibilidad de entender otras dimensiones temporales, lo que los llevó a conocer las Eras cósmicas o "tiempo de los dioses". Un ejemplo de esto lo constituye el período de 25.920 años, conocido por todos los pueblos y explicado tanto por los hindúes como por los pitagóricos y Platón, configurando el ciclo llamado por la Astronomía de la precesión de los equinoccios, el que siempre se vio en relación con los períodos históricos de la humanidad. Tomando como punto de referencia el Equinoccio de Primavera, el Sol recorre durante ese lapso (de 25.920 años, llamado "el gran día de Brahma" por la tradición hindú) los 12 signos zodiacales, en un movimiento circular invertido al de los ciclos anual y diario, demorando 2.160 años en cada uno de ellos. Las culturas dejaron claras muestras del conocimiento de ese ciclo, y la Era de Tauro fue simbolizada por los egipcios (el buey Apis) y cretenses, así como la de Aries (el Cordero) fue anunciada por Moisés al pueblo judío, y la de Piscis (los Peces) por el cristianismo que se identificó con ese signo. Sabemos gracias a los conocimientos que nos lega la Tradición, que estamos viviendo actualmente el punto de transición entre Piscis y Acuario, lo cual indica claramente que nos encontramos en el fin de un período cósmico, y que se acerca la Edad de Oro o reino de Saturno (planeta que rige para la Antigüedad Acuario y Capricornio). |
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| Más que ninguna otra arma, quizá sea la espada la que
mejor sirve para representar la lucha que cualquier aspirante al Conocimiento
ha de emprender en un determinado momento de su proceso contra aquellos
que constituyen sus auténticos enemigos: los que porta en sí
mismo. Dicho combate es la "gran guerra santa" de la que habla el profeta
Mahoma cuando en una de sus sentencias dice: "Hemos vuelto de la pequeña
guerra santa a la gran guerra santa", indicando así que la primera
no es sino una representación exterior o un símbolo de la
segunda. No hay que olvidar, en este sentido, que la espada es el principal
atributo del dios Marte, el númen que infunde el espíritu
guerrero en el hombre, dotándole al mismo tiempo del rigor necesario
para que sepa distinguir el error de la verdad y negar la negación.
De hecho, casi todos los héroes y dioses solares y civilizadores
vencen a las potencias de las tinieblas y del caos (representadas en todos
los mitos por las entidades ctónicas y telúricas como los
Titanes, los dragones o las serpientes) ayudados con espadas, o con cualquier
otra arma semejante, como la lanza, las flechas, el hacha simple o de doble
filo. En este sentido, todas estas son armas que tradicionalmente se han
asociado al rayo y a la luminosidad fulgurante del relámpago, es
decir que tienen una conexión directa con el simbolismo de la luz,
entendida como una energía esencialmente fecundante, al mismo tiempo
que destructora de todo lo que se opone a lo superior, es decir la oscuridad
tenebrosa y la ignorancia. Con ese espíritu combate el héroe
germánico Sigfrido, o el caballero cristiano San Jorge, reflejo
humano de San Miguel arcángel, el jefe de las milicias celestes.
Todos ellos constituyen los modelos ejemplares de ese combate interior, el mismo que es sugerido por Cristo (que es la "luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre", según se lee en el Evangelio de Juan) cuando al expulsar a los mercaderes que profanan el Templo de Jerusalén les advierte que no ha "venido a traer paz sino espada". Y esa espada que él trae no es sino el poder de su Palabra o Verbo, de la que emanan la Verdad y la Justicia (ver Apocalipsis I, 16), y ante las que nada pueden la oscuridad de la ignorancia, representada por esos mercaderes que comercian con lo más sagrado. Estos serían los verdaderos enemigos –egos– ocultos (que en ocasiones aparecen en forma de personajes externos), aquellos que nos mantienen sujetos a los estados más inferiores, y de quienes nos hemos de liberar o "desligar" para acceder a la verdadera Vida prometida por la Iniciación y la Enseñanza. A ellos hay que vencerlos, pues, con la fuerza que otorga el Conocimiento, es decir en el plano de las Ideas, pues en la medida en que nos entreguemos a ellas es que los podremos reconocer e identificar, y por lo tanto expulsar del Templo que edificamos en el interior de nuestro corazón. A este respecto, mencionaremos que la espada, al igual que la lanza, es un símbolo complementario de la copa, como es el caso de la leyenda del Santo Graal, y siendo esta, como el Graal mismo, un símbolo de la Doctrina y del Conocimiento, la espada lo es de la vía que debe seguirse para alcanzarlo, es decir, aquello que nos ordena la inteligencia y la conducta, haciendo posible que tomemos verdadera conciencia de nuestro eje interno, y con él de la "Vía del Medio" que señala la dirección vertical hacia la cual hemos de tender permanentemente. De hecho, la espada (como las diversas armas mencionadas anteriormente) ha sido considerada por todas las tradiciones como un símbolo del Eje del Mundo, idea que está presente cuando la espada toma el lugar del fiel de la balanza, símbolo universal de la Justicia y del equilibrio cósmico, esto es de la armonía entendida como manifestación de la paz. Esta significación "axial" de la espada no hay que perderla nunca de vista, pues es la que le da su sentido más profundo, ya que dicha paz, nacida de la conciliación de los opuestos, no sólo se expresa en el orden externo y social, sino, sobre todo, en el interno y espiritual, que es, al fin y al cabo, el objetivo que persigue la "gran guerra santa". |
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